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Berlín, hace cien años

Foto: AP | AP

Las tres décadas que abarcan el nacimiento en 1889 en París de la Segunda Internacional y el fin de la Primera Guerra Mundial en 1918 han sido llamadas por un historiador como “el periodo apostólico de la historia del socialismo”. De manera semejante a los cristianos primitivos, antes de que la suya fuera religión de Estado, también los militantes socialistas de entonces, desprovistos de toda culpa posterior, guiados por un idealismo incorrupto y con su crédito moral intacto, se dedicaron a promover y predicar el milenio socialista. En un mundo mucho más injusto que el nuestro, su fe era contagiosa. Su esperanza en el futuro, de una intensidad que resulta difícil imaginar. Tenían profeta, tenían doctrina (y no pocas discusiones teológicas), tenían comunidades de creyentes y corrientes heréticas, tenían apóstoles. Muchos de ellos estaban dispuestos a morir por sus ideas. Tuvieron, por lo mismo, mártires.

De la violenta muerte de dos de ellos se cumplen justo ahora cien años. Fue en Berlín, en enero de 1919. Todo estaba preparado para que el guion de la revolución rusa se repitiera en Alemania. En el papel de Kerensky, tenemos a Ebert, líder del partido socialdemócrata alemán y presidente de la república provisional declarada tras el armisticio y la abdicación de Guillermo II. En el papel de Lenin y Trotsky, a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Los dos habían conocido las cárceles guillerminas por oponerse a la guerra. Ninguno quiso conformarse con una república parlamentaria y su promesa de reformas sociales. El 1 de enero de hace cien años, la Liga Espartaquista que dirigían se refunda como Partido Comunista Alemán. Sin la aprobación de la mucho más juiciosa Luxemburgo, Liebknecht lanza la insurrección en las calles de Berlín. Dos semanas más tarde, ambos están muertos, asesinados por los Freikorps, milicias paramilitares de extrema derecha, con la probable anuencia de sus antiguos camaradas socialdemócratas. Se ha dicho que Leibknecht buscaba el martirio; fue víctima de un conflicto que deseaba, convencido como estaba de que alumbraría un mundo mejor. Cuando Ebert se negó a repartir armas entre los obreros, advirtiendo que desataría una guerra civil, Leibknicht respondió: “De eso se trata”. El cadáver de Luxemburgo, arrojado al río, emergería cuatro meses después. Un mes antes, en marzo de 1919, había nacido en Milán el fascismo.

Su muerte les privó, al menos, de presenciar el progresivo deslustramiento del ideal en el que tanto habían creído. En 1937, en El camino a Wigan Pier, su conmovedor reportaje sobre las condiciones de vida de la clase obrera del norte de Inglaterra, George Orwell, un socialista democrático que sí viviría para perder la inocencia, pudo escribir: “Hace una generación, toda persona inteligente era de algún modo un revolucionario; hoy en día, se acercaría más a la verdad decir que toda persona inteligente es un reaccionario”. Me acuerdo de Leibknicht o de Luxemburgo no porque sea un admirador suyo, sino porque me admira lo radicalmente diferente que es nuestro mundo del suyo y me impacienta la frivolidad con la que últimamente se busca el parangón. No es la menor diferencia que hoy nadie esté dispuesto a morir por sus ideas, señal de que tenemos mucho más que perder que los europeos de hace un siglo. De la revolución y la contrarrevolución hemos pasado al voto protesta. Somos la generación que no necesita elegir entre revolucionarios y reaccionarios, y donde toda persona inteligente se mantiene a una sana distancia de sus parodias e histriones.

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