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Berrio después de Berrio

"Las canciones de Berrio son delicadas, atrapan la vida y la belleza, y son, aunque no sea de manera voluntaria, un plato exquisito"

Foto: Jefferson Santos | AP

Conocí a Rafael Berrio (San Sebastián, 1963) porque el escritor Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) me mandó un enlace a su disco 1971 en Spotify. Me pareció una cosa muy especial, como un Jacques Brel en español, pero con sentido del humor. Félix Romeo murió antes de que yo fuera a mi primer concierto de Berrio, pero para entonces yo era ya una fan entregada. Berrio y Romeo nunca se conocieron ni se escribieron, pero en mi cerebro están unidos. Y pensar en Berrio es acordarme de Félix. Escuchar a Berrio siempre tiene algo de homenaje privado y algo de conjuro: como si pudiera charlar con Romeo sobre las canciones nuevas del donostiarra, sobre cuál me gustaba más o sobre cuál se había convertido en himno (‘Mis amigos’), la que mejor explicaba una situación (‘Como Cortés’ o ‘Simulacro’) o la más autoparódica (‘Mi reputación’).

Rafael Berrio no es parisino por una cuestión de meses: sus padres emigraron allí y al poco de nacer su hermano mayor volvieron, pero sus dos últimos trabajos, el ruidoso y emocionante Paradoja y Niño futuro, suenan más a otro de sus ídolos: Lou Reed y la Velvet Underground. Las canciones de Berrio son delicadas, atrapan la vida y la belleza, y son, aunque no sea de manera voluntaria, un plato exquisito. Dice de su público: “Tengo un público muy minoritario y distinguido, una especie de rive gauche de las artes. Pero en fin, soy, en todo caso, el cantante de la gente corriente que añora una vida bohemia, que es lo que creen ver en mí, lo cual no es del todo cierto, aunque yo hago todo lo posible por que lo parezca”.

Casi todas las canciones de Berrio han sido mi canción favorita en algún momento. Desde que lo conozco ha sacado tres discos y el esquema suele ser el mismo: sale disco, que escucho de manera más o menos escéptica, no porque dude de su talento, sino porque creo que tiene muy difícil superarse, y entonces sucede: en sus trabajos rehúye repetir una fórmula más o menos conocida, cómoda y eficaz, en lugar de eso, busca, se arriesga, algo cambia y algo permanece, y el resultado es de nuevo especial, diferente. La escena se repitió con su trabajo más reciente, Niño futuro. No solo es el sentido del humor mezclado con la erudición, el costumbrismo; también ese fraseo inconfundible; o esa especie de elegancia con la que usa lo popular (no hay nadie capaz de meter la palabra “tapete” en una canción como él en ‘Dadme la vida que amo’ ni de cerrar un tema recitativo de seis minutos con un “y usted que lo vea” como él en la canción que da título al disco, ‘Niño futuro’).

Rafael Berrio es algo tan atípico y singular que cada uno de sus discos merecería 120 días de celebraciones, que son casi los que han pasado desde que salió el último. Nada más escuchar Niño futuro le mandé un mensaje: “Obra maestra”, dije. “Gracias, Aloma. No era mi intención”. No sé si merezco a Berrio, pero forma parte de la “hermosa vida que amo”.

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