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Bertín Évole

Foto: Vox | Twitter

Aunque no dispongamos en casa de ese armatoste analógico llamado televisor, estamos viendo vía digital algunos de esos contenidos con los que las cadenas televisivas rellenan el despliegue frenético de espacios publicitarios. Concretamente, el pretexto de la precampaña electoral (o campaña política perpetua) está dando momentos si no interesantes cuando menos dignos de unas risas que se tuercen a veces en mueca abisal. Uno de los más divertidos lo protagonizó el entrañable Bertín Osborne, hombre admirable que ha hecho de la vida una fiesta campestre y campechana a ritmo de rancheras y canciones de amor sencillas y tiernas (que escriben otros porque lo suyo no es precisamente contar versos rimados). Tentados estamos de afirmar que Bertín es el Sabina de la derecha pero tal afirmación comportaría la acusación de que desde la izquierda practicamos la superioridad literaria (además de moral).

En cualquier caso, Bertín recibió en su casoplón a Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal. Los analistas catódicos han desmenuzado ya los distintos manjares con los que se presentaron los políticos en casa del anfitrión. Casado con el chuletón que si no es de buey no es nada más que carne roja con grasa en los bordes; Abascal con pimientos rellenos de quinoa (ya digo yo que Abascal tiene un perfil arábigo notable); y Rivera fardando de cocinitas con unas empanadas preparadas entre conspiraciones internas. Me sorprendió, pues cuando yo voy de invitado a casas ajenas me ocupo del postre y el vino. Pero el vino lo puso Bertín: y todos apostaron por el tinto, sabiendo supongo que el blanco es cosa de periféricos terceristas de mediterráneo o ambiguos gallegos.

Más frugal fue el franciscano Évole, que en su Salvados dominguero encaró a Ada Colau y Manuel Valls con toda su modesta progresía despeinada. A los pies mi ciudad. La cosa también tuvo su rollo de colegas y tuteo. El incisivo periodista les preguntó cuánta pasta llevaban encima (vale, el chico es de Cornellà, pero siendo yo de Badalona la pregunta me resultó de una impertinencia avasalladora): Ada, setenta pavos. Manuel, treinta. Si en verdad decían la verdad, la cosa daba para un pico, supongo.

En fin, en esta España nuestra y camisa blanca, de simpáticos de derechas y enrollados de izquierda, la cosa está clara: todos bajarán impuestos y mantendrán el actual sistema de bienestar. 

La tele. Y las dos Españas unidas, por fin, en un destino en lo universal: el aborregamiento y la farsa.

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