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Bertolucci y la generación de mis padres

Foto: Gregorio Borgia | AP

He vivido la noticia de la muerte de Bertolucci desde su región, Emilia Romagna. Así que me parecía doblemente poético escribir sobre su figura.

Mi primer contacto con la obra del director italiano fue cuando fui al cine con mi madre a ver Soñadores, sobre el mayo francés. Mi madre, que entonces todavía mantenía algunos mitos de su juventud, le pareció que la película era una banalización de lo que representó el mayo del 68 y del compromiso político. El mayo no fue solo la revuelta de un puñado de niños pijos sin nada que hacer.

Para mí, que en aquel momento entraba en plena adolescencia y ya empezaba a emerger en mi carácter esas ganas de jorobar que he heredado de mi padre, me fascinó que el filme en cierta medida lograra molestar a las generaciones que tenían el mito del mayo francés.

Bertolucci hizo lo que tenía que hacer. El arte siempre es subjetivo, pero no puede renunciar a sacudir las consciencias ni a profanar las nuevas efemérides que sacraliza la sociedad. Demasiadas veces cuando he ido a ver en Madrid eso que llaman “teatro alternativo” me he decepcionado al ver que siguen intentando provocar con los mismos mitos que derribaron nuestros padres. Son pocos los que se atreven a reflexionar sobre los retos actuales o a señalar los nuevos tabús de la sociedad.

Volviendo, no obstante, al mayo del 68 y comparándolo con esta ola de puritanismo actual, quizás no está mal, una vez visto su lado bueno y su lado malo, llegar a una síntesis sobre dicha revuelta y entender que la frivolidad de muchos de esos jóvenes siempre será un símbolo de libertad frente a la censura –y autocensura– que asoma en la actualidad. Aprender la lección. Para no tener que cruzar, de nuevo, la frontera para poder ver El último tango en París en libertad.

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