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¿Por qué portarme bien cuando me conviene actuar mal?

Foto: PARIPÉ BOOKS | PARIPÉ BOOKS

Se han ofrecido numerosas respuestas a esta pregunta.

Algunas, muy populares de reciente en España, sentencian: porque así lo determina la ley y se te castigará si no obedeces. Pero esta contestación posee un enorme agujero en su fondo: bien, y entonces, cuando no es previsible que los agentes de la ley me atrapen, ¿es admisible entonces su incumplimiento? Esa duda nos encamina hasta novelas como Crimen y castigo de Dostoievski o películas como Delitos y faltas de Woody Allen.

Otra respuesta, igualmente popular, dictamina: debes portarte bien por empatía. ¿No te sientes mal cuando atropellas a los demás? Ahora bien, esta opción también cuenta con flecos incómodos: la empatía es un sentimiento que va y viene. No se sientes igual de empático antes de tomarte un buen café de madrugada que cuando apaciblemente sesteas con tu familia: ¿significa eso que cuando no siento empatía ninguna se me autoriza cometer más desmanes? Y quien por lo que sea goza menos de ese cálido sentimiento, ¿tiene entonces derecho a actuar peor?

La religión, nuestras madres y la sociedad en general (tan preocupadas todas ellas de que nadie las trampee) seguro que también te han proporcionado respuestas que ya conoces a esta pregunta. Pero yo aquí te quiero mostrar una más.

Para conocerla hemos de acudir hasta los griegos. Concretamente, hasta una tragedia de Sófocles: Electra. Hay un momento en que la protagonista que le da título, hija de rey, pero hoy reducida a habitar en una choza, recibe de un desconocido una hórrida noticia: su querido hermano Orestes, en quien cifraba toda esperanza de salir de su postración, ha fallecido. Electra cae en un desespero insondable; pero, de repente, ella y el malhadado mensajero se reconocen: ¡aquel forastero en realidad es el mismo Orestes, que solo fingía su muerte para cumplir mejor su misión! El desconocido se torna hermano y en gozo aquello que a Electra abatía.

Esta fábula del que reconoce en un desconocido a su más allegado la han narrado de diversas formas las diversas culturas. Mas aquí me gustaría que te quedaras con una anécdota real. Cuentan que en la I Guerra Mundial un mozalbete austriaco, adiestrado durante semanas para el combate, fue destinado finalmente a una posición en que solo tenía que aplicar lo ya aprendido: disparar contra el frente enemigo. El joven recluta se volvió entonces genuinamente sorprendido ante sus superiores: “Es gibt Menschen da!” (“pero, ¡si hay gente ahí!”) exclamó. Había caído en la cuenta de la cosa ya no iba de acertar una diana de papel.

Este es buen motivo para actuar de modo correcto: notar súbitamente que hay alguien al otro lado. No se trata de empatía: quizá el que esté enfrente sea nuestro hermano, como lo era Orestes, pero quizá se trate solo de un maloliente militar serbio, que pocos sentimientos elevados será capaz de suscitar. En el Diario de una buena vecina, de Doris Lessing, a la exitosa protagonista, editora de una revista femenina de moda, le toca cuidar a su vecina cascarrabias, harapienta, alguien cuya mera presencia le repele. No hay sentimiento alguno de empatía entre ambas: las separa un orbe de incomprensión. Pero solo se tienen la una a la otra; y eso alcanza para que la célebre periodista acabe por encargarse de las cosas de la bruja de al lado. Ha bastado que se percatara de algo que ocurría tras las paredes de su casa: como habría dicho aquel soldado austriaco, resultaba que había una mujer ahí.

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