Alfonso Donnay

¡Bienvenido Siwar (Ongi etorri)!

Aylan murió ahogado en una playa turca, Siwar sin embargo ha nacido en el campo de refugiados de Al Zaatari (Jordania), el segundo más grande del mundo. En sus destinos, nunca estaría escrito que todo esto iba a suceder.

Opinión

¡Bienvenido Siwar (Ongi etorri)!

Aylan murió ahogado en una playa turca, Siwar sin embargo ha nacido en el campo de refugiados de Al Zaatari (Jordania), el segundo más grande del mundo. En sus destinos, nunca estaría escrito que todo esto iba a suceder.

Aylan fue para nosotros el símbolo de la insolidaridad y de la frustración. Aylan  nos puso delante de los ojos el retrato del drama de los refugiados. No tuvimos más remedio que verlo; no pudimos apartar los ojos de aquel cuerpecito tumbado boca abajo en la playa turca de Bordum, mientras el ir y venir del agua le mojaba la cara.

Para Aylan, un niño regordete y alegre, la vida era la guerra. Su corta existencia se desarrolló entre la huída y la muerte. Él no entendía de luchas de poder, de intereses económicos y estratégicos, no sabía ni le importaba quiénes eran ni el ISIS ni Al Assad.

Siwar, acaba de llegar. En el campo de refugiados donde él ha nacido, nos cuentan que cada semana, nacen entre 50 y 80 niños. Todos estos niños representados por Siwar, quizás puedan cumplir los sueños de sus padres.  Mientras sean refugiados, su vida va a ser dura, muy dura. Esperemos que algún día y no tardando demasiado, puedan volver a la  tierra de sus abuelos, que logren estudiar y formarse para ser mujeres y hombres de paz. Reconstruirán las ciudades y lograrán cicatrizar las heridas que han dejado tantos años de guerra y destrucción.

Desde que comenzó en Siria la guerra civil (2011), 4,2 millones de personas han tenido que huir del país, de las cuales la mitad son niños y más de 6 millones de niños necesitan de protección y ayuda dentro del país, según nos dice ACNUR.

No podemos seguir permitiéndonos, tanto crimen, tanta destrucción, tanta falta de solidaridad, tantos malos gobernantes.

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