José García Domínguez

Boris Johnson no está loco

«En la Europa de ahora la pobreza no es ya una cuestión de personas sino de territorios. Y los británicos, su élite por más señas, han decidido que no van a pagar»

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Boris Johnson no está loco
Foto: TOBY MELVILLE| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Nada hay en la escena política contemporánea que se parezca más al Diablo que el Partido Conservador de Boris Johnson. Es sabido que Lucifer lleva siglos acreditando su inteligencia superior por la vía de convencer de su propia inexistencia a millones de cándidos racionalistas de los cinco continentes. Y con los tories de ahora ocurre algo muy parecido. Y es que también han sido capaces de persuadir a un buen manojo de simples continentales acerca de la paternidad falsaria del Brexit. De ahí que la cantinela dominante en los medios de comunicación comunitarios remita a una suerte de gran conjura de palurdos rurales, todos empeñados en dar la espalda a la Unión Europea con el único propósito de seguir cazando zorros sin molestas restricciones reglamentarias impuestas por Bruselas, amén del de continuar emborrachándose en los pubs exclusivamente con cervezas domésticas. Así, el Brexit se presenta siempre como una cosa de catetos nacionalistas, un ecuménico consorcio de rudos patanes pueblerinos que habrían caído rendidos ante la elocuente demagogia primaria de un zafio agitador de la plebe audiovisual formado en esa suprema escuela de la estulticia más roma que son los tabloides de Londres, el astuto y artero Boris. Ocurre, sin embargo, que ni Johnson, uno de esos productos tan destilados de la élite dirigente más clasista, sofisticada, endogámica y cosmopolita que existe en el planeta, ni la amplísima facción del establishment británico que él representa, la misma que lleva lustros creando las condiciones para la ruptura con la Unión Europea, se compadecen en absoluto con esa caricatura chusca.

Los garrulos de la campiña aportan, sí, la tan necesaria nota de color folclórica, pero nada más. Bien al contrario de cuanto prescribe al respecto la doctrina canónica, la iniciativa del Brexit tuvo su origen arriba, no abajo; arriba, muy arriba. Desengáñense los pardillos: sin ese impulso constante y decidido desde lo alto, Gran Bretaña nunca habría dado el paso definitivo. Nunca. Por lo demás, hay un instante histórico clave en esa cuestión que tampoco nunca sale a relucir, ni siquiera en los más sesudos análisis académicos a propósito de la presunta revuelta de los presuntos palurdos. Porque la caída súbita del Muro, una convulsión sistémica muy fácil de predecir a posteriori pero con la que nadie contaba cuando entonces, vino a transformar de modo radical el proyecto de unidad europea en el que, con todos los matices, cautelas y salvedades que se quiera, habían decidido embarcarse los británicos. Ya casi lo hemos olvidado, pero aquella pequeña Europa que ya no existe, la del Mercado Común, ampliada luego a los tres parientes pobres del Sur, era un muy exclusivo y selecto club integrado por los países más ricos, cultos, pacíficos, estables y definitivamente decadentes en lo demográfico del planeta todo. Aquella Europa difunta era un exquisito ateneo de millonarios en el que el problema de los pobretones de la estirpe, España, Portugal y Grecia, se hubiera podido resolver con un poco de paciencia y una buena partida crónica de fondos estructurales. Nada que ver con los brutales niveles de desigualdad, asimetrías nacionales y desarrollo precario que ha aportado a la Unión Europea la incorporación en bloque de los antiguos países comunistas del Este.

Ese Este, el invitado de última hora con el que nadie contaba en su día, que es pobreza en estado puro. Una pobreza ajena y lejana que los británicos no quieren subsidiar. Un dato al respecto: los ciudadanos más pobres de Dinamarca, aquellos que ocupan el último escalón de la pirámide social, resultan ser más ricos que el 85% de los habitantes de Bulgaria. Otro dato: todos los habitantes de Luxemburgo, absolutamente todos los habitantes de Luxemburgo, son a día de hoy más ricos que todos, absolutamente todos, los habitantes de Rumanía. Desde la ampliación al Este, Europa arrostra idéntico nivel de desigualdad económica entre sus habitantes que Estados Unidos. La misma. Pero hay una diferencia crítica entre la desigualdad americana y la nuestra, a saber: en Estados Unidos los pobres se distribuyen de modo muy homogéneo por todo el país, lo que lleva a que las políticas públicas para combatir la pobreza también se apliquen de forma muy homogénea por todo el país. En Europa, en cambio, todos los ricos viven en el Oeste y todos los pobres muy pobres habitan en el Este. Y eso significa que durante el próximo medio siglo, como mínimo, los contribuyentes del Oeste van a tener que transferir enormes recursos fiscales a los del Este. Porque en la Europa de ahora la pobreza no es ya una cuestión de personas sino de territorios. Y los británicos, su élite por más señas, han decidido que no van a pagar. Punto.

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