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Boris vs Johnson

El nombramiento de Boris Johnson como ministro de Asuntos Exteriores lo ven unos como una reafirmación del Brexit y otros como la maquiavélica (mayavélica) jugada de Theresa May para confrontarlo directamente con las consecuencias de sus posiciones. Son interpretaciones contradictorias que no tienen por qué ser incompatibles. La política es el país de las maravillas de Alicia.

Sí contradigo, en cambio, el aserto de que hubiese sido un gran ministro de cultura; y no porque no tenga una vasta cultura, sino porque la tiene y, por tanto, por dos motivos. Primero, un “gran ministro de cultura” es una contradictio in terminis. El mejor ministro de cultura, el inexistente. Y segundo, porque con esa piadosa idea se condena a la cultura al envasado al vacío de su propio negociado o ministerio.

Perderíamos así una gran ocasión de postular que la cultura es para la vida activa, para los puestos peligrosos. Johnson es latinista oxoniense y brillante escritor del The Spectator, pero Boris no es un ratón de biblioteca, ni por ratón ni por la biblioteca. Lo cultivado no le quita lo expuesto; y está muy bien así. Él ha tenido la vanidad de avisarlo y describirse como “un tipo sabio al que le gusta hacerse el tonto para ganar”. Ante sus poco diplomáticos insultos y epigramas, uno tiene la tentación de celebrarlos con una versión esteticista del “Fiat iustitia et pereat mundus”: Fint litterae et pereat mundus o, más moderadamente, recordar a Chesterton cuando avisaba de la mucha observación atenta y casi amorosa del prójimo que se requiere para rematar un insulto logrado. Es todo lo contrario de la desdeñosa indiferencia o de la ofensiva aceptación acrítica.

Pero, sobre todo, viceversa: las posturas intelectuales de Johnson nos ayudan a entender el hondo calado de las posiciones políticas de Boris, que, si no, pudieran parecernos frívolas. Fue célebre su defensa de Grecia frente a Roma en un muy británico debate público. Ahí está el Brexit y sus hondas raíces. Contra la idea del Imperio, la de la ciudad-estado o, en la actualidad, el estado-ciudad. Un Boris Johnson en un ministerio de cultura habría, en el mejor de los casos, aumentado una hora la carga lectiva del griego en el bachillerato de Humanidades. Ahora, nos trae la guerra de Troya y las del Peloponeso (y un poco de Aristófanes) a las primeras páginas de la actualidad europea.

 

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