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Borrachera de odio

"Y es que el gobierno actual de la Generalitat es aún más mediocre y fanatizado que aquel que hizo saltar por los aires el pacto constitucional"

Foto: Andreu Dalmau | EFE

No estamos hablando de trolls de Twitter, aunque lo parezcan. Son representantes públicos a los que se les presupone un deber de ejemplaridad. Son dirigentes políticos que siguen demostrando la misma indecencia que hace dos años cuando manipularon ominosamente la manifestación contra los atentados yihadistas en Barcelona y Cambrils y promovieron una loca teoría conspirativa según la cual el Estado sería cómplice o promotor de aquellas muertes. En aquel momento el separatismo llevaba seis años instalado en una burbuja de ilusión, ajeno a las preocupaciones y los miedos de la otra Cataluña, la que no quería ser convertida en extranjera en su propia tierra. Ya se había convertido en una religión política y monista. Nada debía entorpecer su camino hacia la tierra prometida, ni la ética, ni la verdad.

Así pues, pocos días después de los atentados, las víctimas pasaron a un segundo plano para el separatismo gubernamental. Les horrorizaba ver cómo el terror había generado una ola de solidaridad en toda España hacia Barcelona. Les descomponía el plan. Sin embargo, encontraron una fórmula que les cuadraba perfectamente en el marco mental que durante décadas habían subvencionado, el del odio. Todo era susceptible de convertirse en “jugada maestra”, cualquier medio estaba justificado. Pasaron del Espanya ens roba al Espanya ens mata. Superaron todos los límites y en Cataluña la sociedad ya no solo quedó dividida en términos políticos, sino también morales. El otro era de una maldad infinita. Así se rompió la sociedad catalana. El nacionalismo, que tanto decía amarla, la rompió.

Dos años después sigue la borrachera de odio que les nubla el sentido de la realidad. Ni la contundencia de los mossos a la hora de desmentir la conspiranoia les detiene. Y es que el gobierno actual de la Generalitat es aún más mediocre y fanatizado que aquel que hizo saltar por los aires el pacto constitucional. No faltan las pruebas: la consejera promocionando una cerveza “Fuck Spain” o el consejero que proclama estar “convencido de la veracidad” de las teorías supremacistas del Institut Nova Història y que asegura que “nosotros, los catalanes, hemos descubierto América”, ya que los españoles eran simplemente “una banda de golfos que no sabían a dónde iban”. Ya puede Rufián simular moderación -Rufián i Lleida le han bautizado en Twitter- que ERC apoyó aquello y sigue apoyando esto. ¿Cómo se puede dialogar con aquel que solo tiene como objetivo destruir lo que eres? ¿Qué cesión va a detener a aquel que inventa el más siniestro de los agravios para desprestigiarte?

En definitiva, las próximas semanas serán -una vez más- decisivas para el devenir de la política catalana. Veremos cómo los separatistas digieren la borrachera de odio tras la sentencia del Tribunal Supremo. Algunos ya están en la fase de la resaca, desorientados ante tanta mentira y contradicción por parte de sus líderes y oliéndose que eso de la República es un trampantojo para mantener el chollo de los sueldos públicos sin rendición de cuentas y de las subvenciones sin otro objetivo que el ideológico. No obstante, ante las dificultades para desarrollar una estrategia conjunta, las elites separatistas siguen disparando contra su enemigo común y no dejan de suministrar odio a sus bases. Necesitan al votante ebrio de nacionalismo ante un posible adelanto electoral o ante el momentum que le permita repetir un golpe a la democracia. Y, lamentablemente, no son pocos los que compran ese alcohol adulterado, porque les resulta difícil aceptar que, tras siete años volcando sus energías en el procés, este no haya servido para nada. Solo unos borrachos de odio podían pensar que con manifestaciones norcoreanas y ataques al Estado de derecho llegarían a representar algo así como una vanguardia democrática en Europa. Hasta que no les baje la borrachera, mejor mantenerse alejado de ellos.

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