José Antonio Montano

Brasil en llamas

Mi grito de guerra viajero, “¡Nada cultural!”, me impidió entrar en el Museo Nacional de Brasil en mis visitas a Río. La idea es que los museos siempre estarán ahí, sin mudanza, mientras que la calle muda cada cinco minutos. En los viajes con los días contados, me cuesta sacrificar por un museo media hora en un chiringuito de Copacabana tomando un agua de coco o una cerveza ‘bem geladinha’. Pero ahora Copacabana sigue ahí y el museo ha desaparecido. Podré volver a Copacabana y al Museo Nacional ya no.

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Brasil en llamas
Foto: Mauro Pimentel
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Mi grito de guerra viajero, “¡Nada cultural!”, me impidió entrar en el Museo Nacional de Brasil en mis visitas a Río. La idea es que los museos siempre estarán ahí, sin mudanza, mientras que la calle muda cada cinco minutos. En los viajes con los días contados, me cuesta sacrificar por un museo media hora en un chiringuito de Copacabana tomando un agua de coco o una cerveza ‘bem geladinha’. Pero ahora Copacabana sigue ahí y el museo ha desaparecido. Podré volver a Copacabana y al Museo Nacional ya no.

Y la próxima vez lo hubiese hecho. El año pasado un amigo me arrastró a la Fundación Gulbenkian de Lisboa y no me arrepentí. Al contrario, me arrepentí de mi grito de guerra, que me pareció ridículo cuando oí el tictac de relojes del siglo XVIII o vi un montaje prodigioso de una ‘Venus Anadiómena’ helenística con una ‘Cabeza de funcionario’ egipcio. El montaje era puro Duchamp, y bien mirado era también como estar en la mismísima Copacabana. (Por cierto, que hace unos años también se quemó la obra del Duchamp brasileño, Hélio Oiticica).

Cuando veía el Museo Nacional arder, tras el aviso de Jaime Llopis, que vive en Río, no pude evitar acordarme de Ernst Jünger: “La etapa museística es la etapa previa al mundo del fuego”. Él se refería a la cultura anquilosada, acumulativa, sin energía para el futuro. El caso de Brasil, en cambio, es el de un presentismo tropical que desprecia el pasado y que, quizá por ello, nunca alcanza el famoso futuro al que se percibe orientado. Solo unos pocos –estudiosos, artistas, escritores– se dan cuenta de la riqueza del pasado y de que en él está la energía para el futuro.

Hay una especie de noventayochismo también en Brasil; una queja que aflora ante las inoperancias cotidianas con esta formulación o sus variantes: “É por isso que o Brasil não vai pra frente!”. Ya en 1932 el gran Noel Rosa componía y grababa “Quem dá mais?”, que cuenta la venta en lotes del país en una subasta; y no a un extranjero (no es un reproche xenófobo): “¿Cuánto va a ganar el subastador / que es también brasileño / y en tres lotes vendió Brasil entero?”.

“El Ministerio de Cultura jamás nos dio un céntimo”, dice en ‘O Globo’ el rector de la Universidad Federal de Río de Janeiro, de la que depende el Museo Nacional. Qué amargura estos países ricos y desiguales, sin cultura de lo público, en los que tantísimo dinero se va por el sumidero de la corrupción y en los que impera la cortedad de miras. Mi país favorito, Brasil, que tantas alegrías me ha dado, hoy me produce tristeza.

 

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