Gonzalo Gragera

Breve ensayo sobre el Tinder

En Londres han lanzado un Tinder para donantes de esperma, que es algo así como reconocer, al fin, para qué sirve, con sinceridad, la aplicación. El Tinder, con artículo, sí, con esa familiaridad de barrio, con ese el tan popular, tan de lengua hablada, la lengua del coloquio y de la naturalidad, lengua con la l de las lejanas academias, de la frialdad de los manuales de filología. El Tinder es uno más de la pandilla, al menos desde hace unos meses, desde que surgió en nuestras vidas. Quedas el sábado, ahora que aún se aprovechan los días de sol y otoño, en la barbacoa y en el chalet, en el campo y en el bar de la esquina, y ahí que está el largo, el negro, el canijo, el bola y el Tinder. Confieso que jamás lo descargué, pero siempre me provocó sospechas y recelos, curiosidad y rechazo. Yo en Tinder preferiría no entrar, quizá. Pero no por eso que alguien pueda llegar a imaginarse. No entraría en un lugar que trata estas sucursales de la lascivia con ese ánimo tan burgués, inclinando la balanza del gozo hacia lo prohibido, lo oculto, lo proscrito, lo marginal. Como si el placer fuese pecado para los sentidos.

Opinión

Breve ensayo sobre el Tinder
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

En Londres han lanzado un Tinder para donantes de esperma, que es algo así como reconocer, al fin, para qué sirve, con sinceridad, la aplicación. El Tinder, con artículo, sí, con esa familiaridad de barrio, con ese el tan popular, tan de lengua hablada, la lengua del coloquio y de la naturalidad, lengua con la l de las lejanas academias, de la frialdad de los manuales de filología. El Tinder es uno más de la pandilla, al menos desde hace unos meses, desde que surgió en nuestras vidas. Quedas el sábado, ahora que aún se aprovechan los días de sol y otoño, en la barbacoa y en el chalet, en el campo y en el bar de la esquina, y ahí que está el largo, el negro, el canijo, el bola y el Tinder. Confieso que jamás lo descargué, pero siempre me provocó sospechas y recelos, curiosidad y rechazo. Yo en Tinder preferiría no entrar, quizá. Pero no por eso que alguien pueda llegar a imaginarse. No entraría en un lugar que trata estas sucursales de la lascivia con ese ánimo tan burgués, inclinando la balanza del gozo hacia lo prohibido, lo oculto, lo proscrito, lo marginal. Como si el placer fuese pecado para los sentidos.

Dicen que los británicos no hablan ni de sexo ni de dinero. Mienten, obvio. Si no que me digan a mí por qué son pioneros en este Tinder para donantes de esperma. Tengo un buen amigo que le dio su uso durante un tiempo. Hombre de leyes, de puntualidades, de formalidades. Hombre elegante en el fondo y en la forma. Un británico con acento del sur, que por algo veranea cercano al Estrecho de Gibraltar. Así que fuera tópicos en este tema.

Desde esta costa gaditana en la que mi amigo veranea, un poco más allá, me habló el escritor Montero Glez de un mundo orgánico, no mecánico. Todo funciona como un todo. Estamos conectados. Me recetaba pastillas para el capitalismo, pero yo creo que este planteamiento también se puede aplicar al éxito del Tinder. ¿Y qué es el Tinder? Pues me da que el único lugar que le queda a Pedro Sánchez para probar a qué saben los éxitos.

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