Carlos Mayoral

Breves apuntes sobre Maeztu y el Brexit

Más allá de su carácter pesimista, los noventayochistas apenas dejaron un solo rincón de la realidad concreta y abstracta de la nación sin atender

Opinión

Breves apuntes sobre Maeztu y el Brexit
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Soy un noventayochista convencido, eso no puedo evitarlo. Más allá de su carácter pesimista a la hora de encarar los males del país (hermanitas de la Caridad al lado de los regeneracionistas de Costa, dicho sea de paso), lo que realmente me fascina es que apenas dejaron un solo rincón de la realidad concreta y abstracta de la nación sin atender. Poco importa si hablamos de Castilla y su hegemonía histórica (sin contar con ningún castellano en el grupo, curiosamente), o el auge de los nacionalismos peninsulares, o el papel de España en Europa. A todo atendieron y por todo dudaron, no con pocas contradicciones, dicho sea en su favor. Hasta el papel del liberalismo inglés, hoy en boga por el reciente movimiento evasivo de Reino Unido en Europa, fue garabateado bajo las plumas de Maeztu y Ortega, que no era un noventayochista en rigor, pero.

Me sitúo en la primera década del siglo XX, el tiempo en que Maeztu fue enviado a Londres como corresponsal. Ortega lo veneraba, había llegado a definirlo ya como «uno de los españoles con más puntos de vista», e incluso había dicho que España solo contaba con tres personas con capacidad intelectual: Unamuno, Maeztu y él mismo. Mientras, el vasco iba moldeando desde Inglaterra su modelo de nación. Había llegado a la orilla del Támesis a lomos de sus ideas republicanas y reformistas, pero cambiaría poco a poco de grupa. Coinciden en aquellos años dos episodios que marcarían el devenir de sendos imperios: el hispánico se termina de esfumar en Cuba y Filipinas; el británico ve cómo se pone en jaque la idea de nación victoriana tras la guerra de los Boers. Maeztu se topa de bruces con la necesidad de afrontar un liberalismo férreo en Europa, pero no encuentra la tradición liberal ni allí, en las islas (a pesar de su fama), ni aquí, en la península. En sus cartas a Ortega, Maeztu aboga por galvanizar el liberalismo español, aunque «antes de realizar la reforma del liberalismo necesitamos el partido liberal». En Reino Unido surge la idea de nación cívica, con el Estado como respuesta al desastre colonial, y Ramiro hace girar su proa. Ve reflejados en la realidad española los problemas británicos y va dejando atrás sus ideas liberales en pos de una solución a la inglesa, con una nación fuerte, desprovista de regionalismos, que beba de las fuentes más conservadoras y tradicionales de su acervo. Hay quien dice que Maeztu se tradicionaliza por rechazo hacia la política británica, pero la tesis de David Jiménez y otros ramirianos de postín se basa precisamente en que fue la política británica, entre Chesterton y el fabianismo, la que le inyectó ese carácter conservador.

Es entonces cuando Ortega se aleja. El filósofo había admirado tanto al escritor vasco que le había dedicado su primer libro, Meditaciones del Quijote. Pero el Maeztu que había vuelto de Londres no era el mismo, y en los años 20 el filósofo madrileño acabaría eliminando su dedicatoria. Para entonces, Ramiro se inclina ya hacía un tradicionalismo duro, se posiciona muy rápido a favor de la dictadura de Primo de Rivera. El general, que por edad y erudición pertenecía también al 98, subía y bajaba la calle Alcalá buscando a los intelectuales del momento en cualquier tertulia. «Ya eztá aquí ezte», solía exclamar Valle-Inclán al verlo. Estos intelectuales lo repudiaban, excepto Maeztu, a quien la dictadura colocó como embajador en Argentina. En ese punto abraza ideas monárquicas y católicas, antes despreciadas, y desde el país sudamericano desarrolla el concepto de «hispanidad», ya saben, «la patria es espíritu […] y se funda en un valor o en una acumulación de valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el suelo que habitan». Más tarde, esa inclinación se convertiría casi en pendiente. Un día cualquiera, durante los años infames de la guerra, Ramiro fue obligado a inclinarse sobre la tapia del cementerio de Aravaca para que dicha infamia se lo llevase para siempre.

Pienso ahora en la idea de Ortega, aquella Europa que imaginó y que a punto estuvo de conseguirse. Pienso en aquella frase suya: Europa no es una cosa, sino un equilibrio. Pienso en cuánto mal le hacen a ese equilibrio estos nacionalismos, estos Brexits, estas melenas rubias al albur del populismo. Y pienso a última hora en el triste destino al que fueron condenados los protagonistas de esta columna por mor del nacionalismo: la generación del 98, defenestrada; Ortega, silenciado; Maeztu, muerto en una saca. Dichoso continente, dichosas circunstancias.

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