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Brexit o el naufragio populista

Foto: ALKIS KONSTANTINIDIS | Reuters

El populismo, como toda religión de segunda mano, como toda ideología del siglo veintiuno –es decir, mediática, furibunda y desesperada— es un juego de percepciones. Una terapia: “estamos mal, es cierto, pero existe aún la tierra prometida”. ¿Dónde queda esta tierra prometida? Lejos, muy lejos de aquí. Lejos de nuestra realidad irredimible, lejos de nuestra ansiedad individual, lejos también de la sospecha de que como pueblo hemos fracasado y de que como personas aún más. Como decía Eric Hoffner, la tierra prometida de los ideólogos no es un sitio a donde ir. Es una excusa para salir de nosotros mismos. Otro método más de escapismo.

El principal enemigo de los populistas es la realidad, la complejidad cuando toca la puerta. Tarde o temprano llega. En Venezuela, gracias al boom petrolero, tuvieron que pasar décadas de tiempo prestado y postergado. Pero en Reino Unido el brexitismo lo más probable es que no pase de este verano. Pues a diferencia de todos los populismos de la época, el inglés nació y morirá en la complejidad.

Es fácil ser populista cuando tu interlocutor es el pueblo exagerado y el enemigo imaginado. Cuando es un asunto privado de tuits, rezos, banderas y sobremesas. Mucho más difícil es serlo cuando tu interlocutor es una conjura continental de corbatas, papeles y tratados de mil cláusulas y páginas. El Brexit desde sus inicios estuvo condenado a negociar con la realidad, a construir su Utopía en la tinta de los tecnócratas. Y ahí morirá.

Theresa May ya lleva tres intentos de que le voten su acuerdo de Brexit, todos fallidos. Hoy en el parlamento británico habrá otra ronda de ‘votos indicativos’ que quizás terminen señalando o un segundo referéndum, o un Brexit tan blando que no se merece ni el nombre. Habrá que ver qué pasa. Pero según pasan los días el camino de la moderación se bifurca más: lo más probable es que el acuerdo de May (pobre señora que nunca tuvo madera de mesías) muera de aburrimiento y que haya o un Brexit sin acuerdo o un Brexit que no es Brexit.

Aún si hay un Brexit sin acuerdo (o hard Brexit, o Brexit apocalíptico –ponerle epítetos al Brexit ha sido el último recurso de los políticos ingleses de hacer demagogia de la complejidad–) la realidad, en fin, ganará. El caos sería total, inesperado, gratuito y lapidario. La tierra prometida está para no llegarle nunca. Los ingleses, oh-oh, le llegarían antes de tiempo y naufragarían. No sé si se arrepentirían, pero el Brexit como revuelta populista habría llegado a su fin.

La imagen que me queda de esta curiosa historia es, por alguna razón, la de los cables detrás del televisor. Siempre es posible conectar uno más: en la complejidad solo se puede sumar. Jodido es desenredarlos todos o, por decreto popular, desconectarlos por la mitad y buscar que siga prendida la tele. Eso fue lo que le pasó al Brexit.

Décadas y décadas de leyes amontonadas –en la industria automotriz, en las cadenas de valor, en los contratos de logística, en las regulaciones financieras, en los acuerdos migratorios, en las políticas agrarias… la lista es tediosa e infinita— tenían que partirse y rehacerse. Tarea imposible. Pero los ingleses ya se han dado cuenta. Pues si algo han podido hacer en estos años es asomarse detrás del estante. Y como toda gente sensata, viendo lo que ahí había, decidir conjuntamente y en silencio que mejor, la verdad, es desenredar los cables otro día. 

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