Jesus H. Cifuentes

Brindis por la vergüenza ajena

Cuesta imaginar un mundo sin fronteras. Dar ese salto mortal en el que las barreras entre los seres humanos no existían porque no se habían inventado, porque no se habían cocinado en el imaginario posible de la conciencia humana, quizá su “escasa” conciencia entonces.

Opinión

Brindis por la vergüenza ajena

Cuesta imaginar un mundo sin fronteras. Dar ese salto mortal en el que las barreras entre los seres humanos no existían porque no se habían inventado, porque no se habían cocinado en el imaginario posible de la conciencia humana, quizá su “escasa” conciencia entonces.

Pero entonces, ahora que nuestra conciencia sobre la grandeza de la humanidad y de la historia supuestamente es más plena, más grande, más amplia y con más criterio, ¿qué demonios es lo que hemos hecho, qué es lo que estamos haciendo?

Hemos de concluir que desde ese momento de libertad efímero que fue nuestra prehistoria hasta hoy, y a pesar de todos los descubrimientos magníficos y aparentemente inalcanzables que hemos hecho en la ciencia y en el pensamiento, solo nos han servido para caminar hacia atrás, para subrayar el hecho vergonzante de nuestra ilimitada voracidad y egoísmo, dado que más de 60 millones de refugiados y desplazados a día de hoy nos avalan. Esa es nuestra verdadera realidad actual.

Somos peregrinos de la vida castigados por el látigo implacable del azar. De un azar caprichoso que coloca el destino en manos de las fronteras y las economías que nos hemos inventado, para que solo unos pocos sean los beneficiarios de una vida ostentosa y ridícula que domina la tierra.

Lo único que podemos ratificar como sistema evolutivo es la ley del más fuerte, y que como han dicho los viejos toda la vida, “El pez grande se come al chico”.

Así que queda demostrada nuestra necedad sin límite, la ceguera insondable en la que camina sin bastón la humanidad, devorándose los unos a los otros sin ningún tipo de pudor ni recato, celebrando la sangre que se derrama a raudales diariamente porque hoy no es la nuestra.

Señores. Los grandes dictadores del mundo, enmascarados o no bajo la pátina de la democracia, de las grandes corporaciones financieras, de las grandes multinacionales, de los medios de comunicación de masas, de las tendencias artísticas y de pensamiento, de la tecnología y la ciencia, han ganado la batalla.

El mundo es solo suyo y la humanidad es su esclava. Brindemos por ellos y peguémonos un tiro.

¡Salud!

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