Felipe Santos

Bruselas, un año después

Un año después, el cielo de la víspera se ha despedido con un azul eléctrico, y el ocaso ha dejado el rastro encendido de unas nubes lejanas, esas que tan bien pintaba Turner, de memoria, afilando el recuerdo de unos pocos trazos en un pequeño cuaderno. Un cielo así no es habitual en esta ciudad, y por eso sus pobladores lo celebran concediéndose un respiro para admirar ese pequeño regalo de la naturaleza.

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Bruselas, un año después
Felipe Santos

Felipe Santos

Escribidor diletante. Soñador consciente. Todo está en todo

Un año después, el cielo de la víspera se ha despedido con un azul eléctrico, y el ocaso ha dejado el rastro encendido de unas nubes lejanas, esas que tan bien pintaba Turner, de memoria, afilando el recuerdo de unos pocos trazos en un pequeño cuaderno. Un cielo así no es habitual en esta ciudad, y por eso sus pobladores lo celebran concediéndose un respiro para admirar ese pequeño regalo de la naturaleza.

La otra creación, la humana, no parece tan perfecta. Las dudas, lejos de disiparse, se han mantenido y, en el peor de los casos, han situado a los europeos ante el primer riesgo serio de fracaso. Empeñada en ganarle la batalla al tiempo, la sociedad occidental trata de levantar estructuras concebidas para durar, para prevalecer. Mientras las vidas se alargan, la percepción del tiempo se acorta. Quizá por eso, en una tarde como la de hoy, muchos se detengan a contemplar el crepúsculo y se pregunten por qué todo lo sublime ha de tener siempre la eternidad de un recuerdo, y si mañana se le concederá la dicha de admirar ese espectáculo una vez más.

Días antes de que tres explosiones se llevaran la vida de 35 personas y dejara heridas a otras 340 en Bruselas, el terrorista Bilal Hadfi había sido enterrado en la zona musulmana del cementerio de Scharbeek, una de las comunas limítrofes con la conocida Molenbeek. Se había hecho estallar meses antes junto al Stade de France durante la noche de los atentados de París. Su madre asistió al entierro acompañada de familiares y amigos que lo conocían antes de que empezara a radicalizarse. Ocurrió de forma sigilosa, como en la mayoría de los casos. Los exabruptos, las salidas de tono no alarmaron excesivamente a quienes frecuentaba. Sólo cuando en la escuela defendió los atentados contra Charlie Hebdo cundió la preocupación. Para cuando se dieron cuenta ya se encontraba en Siria, enrolado en las filas del Daesh. Participó en ejecuciones y, probablemente por su nacionalidad francesa, fue comisionado para formar parte de un comando que sumiera París en el caos. Algo memorable, difícil de olvidar para los verdugos y sus víctimas. Antes de irse de Bélgica, a algunos amigos les confesó que allí «no tenía sitio». Meses después parecía haberlo encontrado.

La historia de Bilal Hadfi es una de tantas historias de cómo un tímido jovenzuelo, educado en Occidente, puede llegar a convertirse en un sanguinario terrorista. Alguien tan europeo como los mismos europeos. Los que atentaron en Bruselas no tenían biografías muy distintas. En todos ellos anidaba cierta «expulsión del presente», que es como definió el poeta Claudio Guillén al destierro. Un exilio también «del futuro —lingüístico, cultural, político— del país de origen». Chavales sin más miras que una existencia recortada por las calles de su barrio y los fines de semana en el centro rodeados de reclamos comerciales. Lo inalcanzable, lo imposible. Ese deseo insatisfecho que ha de ser eliminado y el yihadismo que acude raudo, con una solución que nadie olvidará.

La mañana de hoy, un año después de los atentados, el aeropuerto de Zaventem de desperezará con la misma agitación contenida de entonces. El acceso ha variado y necesita de unos minutos a pie para entrar en el edificio. Donde todo sigue más o menos igual es en la parada de metro de Maalbeek. Los rostros hechos de unos pocos trazos del dibujante belga Benoît van Innis aguantaron bien el embate de las bombas. Meses después volvió a pintar una de las paredes como memorial de las víctimas. Allí dejó un campo de pinceladas abstracto y un poema de Federico García Lorca traducido al francés y al neerlandés: «Cielo azul./Campo amarillo./Monte azul./Campo amarillo./Por la llanura tostada/va caminando un olivo./Un solo/olivo».

Ojalá hoy vuelva a salir el sol.

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