Jorge San Miguel

Buenos días, tristesa

"La sentencia del Supremo trae el retorno de los 'quinatristesas', unos seres periódicos que lloran por las esquinas del progresismo del 'resto de España' las penas de los nacionalistas"

Opinión

Buenos días, tristesa
Foto: EMILIO MORENATTI

Los días 6 y 7 de septiembre de 2017 se dio en Cataluña un golpe de Estado contra el orden constitucional español; golpe que tomó la forma de una ley habilitante promulgada en una sesión irregular del parlamento autonómico por los partidos independentistas. Después de aquella sesión vendrían el referéndum de pega, y pega, del 1 de octubre, la situación insurreccional del 3 y un período confuso, tragicómico, que se cerró con la activación del artículo 155 de la Constitución por el Senado. Dos años después, los jueces del Tribunal Supremo han entendido que durante los hechos de otoño del 17 no concurrió la necesaria violencia “estructural” para acreditar el delito de rebelión, según la reforma del código penal de 1995, y así lo refleja la sentencia del juicio a los acusados por el procés. El dictamen del Supremo nada tiene que ver con la existencia del golpe, concepto político, y es comprensible que el choque de estas dos realidades, la política y la judicial, traiga bastantes malentendidos. No solo porque algunos maestros Ciruela del periodismo y la política crean ahora vindicada su opinión de que no hubo tal golpe; sino también, y esto me preocupa más, porque una parte de la opinión pública española pueda quedarse encerrada en el supuesto carácter fallido de la sentencia. Algunos quisieron ver en la manifestación del 8 de octubre de 2017 un hecho fundacional, un “evento de socialización política”, un 15M españolista. Ahora podrían encontrarse en cambio con su particular juicio del 11M. Hay que mantener a raya las obsesiones, porque llevar razón está bien, pero a veces es mejor llevarla en privado e intentar ganar la partida. O no perderla.

Por lo demás, la sentencia trae el retorno de los quinatristesas, unos seres periódicos que lloran por las esquinas del progresismo del “resto de España” las penas de los nacionalistas. Son como un cometa Halley de la cursilería, pero más asiduos y mucho más plastas. No se les conocen gestos de empatía en treinta y tantos años con los catalanes no nacionalistas, que curiosamente son los más pobres, y el 6 y el 7 de septiembre del 17 estaban viendo otra cosa en la tele; pero basta que un prócer catalán o vasco emita un gemido para que corran al palacio de turno a enjugarle las lágrimas moquero en mano. Aburren a las ovejas, abundan en las redes y tienen buenos canales en la opinión publicada y la academia. Hay que evitarlos como a las grasas trans. La tristeza siempre se refiere ante todo a ellos mismos.

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