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Burbujas de Rozalén

Confieso que, como bicho raro que soy, ignorante ratón de biblioteca desaborido, no conocía a la dueña de aquella voz.

La ciudad dónde vivo parece que está haciendo oposiciones al infierno y creo que va a aprobar, porque le está echando horas al asunto, tanto de día como de noche.

Estaba yo con la pluma en suspenso, como el maestro don Miguel, intentando escribir, agobiado, asfixiado, aturdido por el calor, cuando de pronto una voz comenzó a revolotear por el patio, escapada de alguna habitación por la rendija de una persiana cerrada.

Una voz que chispeaba entre la ropa tendida en forma de burbujas de sonido y sonreía a los gatos y a los pájaros; una voz que acariciaba con frescura de granizado las plantas e iba subiendo por las ventanas de los vecinos y diciendo “hola que tal venga ese ánimo arriba que esto no es nada y ya lo estamos pasando”.

Confieso que, como bicho raro que soy, ignorante ratón de biblioteca desaborido, no conocía a la dueña de aquella voz. Pero, agradecido por haberme inyectado una dosis de alegría y optimismo que aun me dura, me lancé a buscarla en internet y la encontré. Las burbujas que me habían salvado del calor tenían un nombre: Rozalén.

Burbujas de Rozalén, para el calor, para el frío, para el optimismo, para la luz, para el color. Desde aquella tarde de lunes Rozalén me acompaña. En realidad es ya una amiga con derecho a…

80 veces escuché sus canciones aquella tarde; sus letras son como susurros de papel que se enredan en tu cuello, comiéndote a besos; las hadas existen y por eso saltan chispas en los rincones del alma y se crean micromundos perfectos solo para los dos; bajar del mundo ya no es una opción cuando se comprueba con alivio que hay una voz que te dice al oído ¡levántate!; así es la vida, una de cal y otra de arena; rachas, tranquilo, amigo, seguro que ahora viene la buena.

Si yo fuera poeta, gastaría la vida en escribir una letra para que ella la habitara. Quien sabe, quizás lo haga igualmente, emborrachado de burbujas de Rozalén.

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