Jordi Bernal

Butifarra y desobediencia

"Este señor que carga con la fúnebre apariencia de un vendedor de seguros en frías provincias alpinas tiene el alma indómita de un agente provocador capaz de lanzar una Little Boy pestilente ante sombrías togas puñeteras"

Opinión

Butifarra y desobediencia
Foto: Andreu Dalmau
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

Tanta fijación con la sólida literatura periodística de los años treinta y al final siempre le sale la jaimitada escatológica. Un día antes del juicio que puede acabar con su feliz condena por desobediencia, el ínclito Torra se marcó un monólogo heroico sobre la ingesta de butifarra con judías y las funestas consecuencias que podría tener para los sufridos miembros del Tribunal. Reconozco que soy incapaz de tomarme en serio al personaje. De los desdichados presidentes de la Generalitat que vamos coleccionando en los últimos años, el interino siempre consigue alegrarme el día con sus bufonadas. Prueba de que hemos llegado a una decadencia que ha rebasado todo límite de cordura y decoro. El daño irremediable ya lo hicieron otros y con él estamos para pasárnoslo bien.

De hecho parece haber venido a jugar, a concursar y salir en la tele antes que a ganar. Ha demostrado que su intención nada tiene que ver con el gobierno de un país, una comunidad autónoma, una región o como prefieran llamarlo, sino que lo suyo es el activismo lúdico, el happening sorpresivo y la pista de circo salvaje. Ahí sí que nuestro president por accidente es pura vanguardia de entreguerras. Ciertamente, el hombre carece del don de la oportunidad, pues la situación y las perspectivas futuras no invitan a la frivolidad circense y a la experimentación dadaísta, pero se agradece que haya optado por tomarse a risa su patético papelón.

Este señor que carga con la fúnebre apariencia de un vendedor de seguros en frías provincias alpinas tiene el alma indómita de un agente provocador capaz de lanzar una Little Boy pestilente ante sombrías togas puñeteras. Aunque sólo sea de boquilla. No es el funcionarial William Burroughs puesto hasta las cejas y tirando a matar, pero tampoco la nación liliputiense está para muchos más trotes.

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