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Cada Día D

Foto: PASCAL ROSSIGNOL | Reuters

Hoy, 6 de junio, es el 75 aniversario del Día D. Esto lo sabe todo el mundo. Hemos visto suficientes recordatorios del desembarco aliado en las playas de Normandía, de los ancianos soldados supervivientes y de las lápidas de los caídos, de por qué Omaha es Omaha y de los muchos motivos por los que ese Día D ha quedado grabado a fuego como el inicio de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Muchos motivos, sí, porque es un relato épico: porque muestra todo el heroísmo del sacrificio humano en un esfuerzo colectivo que afortunadamente llevó a la victoria. Y porque marcó el inicio de una nueva etapa en la que cada avance enarbolaba la bandera de la liberación. Este último por qué es clave: muestra que todas las grandes batallas necesitan su Día D, simbólico y visible, en el que cada avance esté acompañado por una bandera de libertad. En aquella ocasión, el Día D del 6 de junio culminó 12 semanas después, a finales de agosto, con la liberación de París.

Ayer, o quizá anteayer por la diferencia horaria, fue el 30 aniversario de otro Día D, muy distinto porque fue fallido, pero estuvo ahí. En un tiempo en el que las noticias llegaban en teletipos cortados en papel de calco, sin móviles ni internet, nos enteramos de que había una plaza en Pekín (Beijing, decían los cables, con buen criterio) que se llamaba Tiananmén (“la puerta de la paz celestial”). Fue un Día D porque unos cuantos (¡quién sabe cuántos!) enarbolaron la bandera de la libertad… y fueron minuciosamente aplastados.

Aquel 1989, hace 30 años, estuvo plagado de Días D más exitosos que el chino. Todos con la bandera de la libertad. La Perestroika, en la extinta Unión Soviética, se tradujo en unas elecciones en primavera por las que Mijail Gorbachov pasó de ser el Presidente del Soviet Supremo de la URSS al Presidente de la URSS. Y no es lo mismo. Tan no es lo mismo que después de él ya no hubo URSS, y ese mismo 1989 acumula Días D en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumanía… que culminaron el 9 de noviembre, con el derrumbamiento del Muro de Berlín y, con él, de todo lo que entonces se llamaba el Bloque del Este. En realidad, ese 9 de noviembre no fue tanto un Día D como el París de fin de esa batalla. De todos eso se cumplen 30 años este 2019.

De paso, ya en casa y con todas las infinitas distancias, quizá -solo quizá- podríamos fijar el 4 de junio como el Día D del juicio al proceso separatista que se está celebrando en el Tribunal Supremo. El Día D en el que se corrió el velo de los eufemismos y se llamó a las cosas por su nombre. Golpe de Estado a un Golpe de Estado. No solo golpe a la democracia, a la ley y a la convivencia, que también. Golpe de Estado. Lo explicó el fiscal Zaragoza en una hora de pedagogía sobre lo que es y lo que significa el imperio de la ley. Fue -argumentó- un Golpe de Estado para sustituir la democracia constitucional española por una república independiente catalana utilizando medios claramente ilegales. Aquello fue un pronunciamiento civil que se alzó contra un Estado constitucional y democrático. Fue sencillamente eso: un Golpe de Estado. Posmoderno, si quieren, para unirlo al premoderno de 1981, y ya llevamos dos.

La exposición de la Fiscalía el 4 de junio será un Día D si marca el arranque de la claridad: de nombrar a las cosas por su nombre. Lo será si sirve de acicate para recuperar un poco más de brío en la defensa de la Constitución. Y lo será si se entiende como adelanto de los términos de una sentencia posible, probablemente al final del verano, quizá algo menos severa de lo que reclama la Fiscalía, pero lógicamente alejada de la pretensión de pacífica y simpática travesura que esgrimen las defensas. Una sentencia que, quizá -solo quizá- tome el ropaje de otro París, por aquello de que la bandera es de libertad.

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