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Calhoun y el capitán Ahab

"Como señala Hofstadter, esos “treinta latigazos” contribuyen más a la comprensión del problema de las mayorías y minorías territoriales, que toda su dialéctica acerca de la Teoría de la Constitución norteamericana"

Foto: Jesús Jiménez | RRSS

Llegan las vacaciones y es tiempo de recomendar lecturas. Entre las variadas recomendaciones –véase por ejemplo Juan Bonilla y Fernando Savater- está la de llevarse a la playa el Moby Dick de Melville, un tostón importante que acabará con la paciencia de cualquier voluntarioso lector. No se apuren, no quiero polémicas literarias. Sí me gustaría apuntar que no han faltado las interpretaciones políticas de la obra del enigmático autor estadounidense. Del capitán Benito Cereno –este sí, un libro formidable- se ha dicho que venía a encarnar la figura del Carlos V decadente y enfermo. Por el contrario, el capitán Ahab, un sujeto guiado por el rencor y la megalomanía, sería el alter ego nada menos que del político y pensador sudista John C. Calhoun.

Calhoun fue uno de los hombres que forjaron la tradición política norteamericana durante el siglo XIX. En el ámbito privado, fue un terrateniente que poseía plantaciones y esclavos a su cargo. Persona de poca cultura, severo y con un aspecto temible, consiguió a lo largo de 40 años ocupar puestos de responsabilidad tanto en Carolina del Sur como en el gobierno de la Unión: llegó a ser senador en varias ocasiones, así como secretario de estado y vicepresidente de distintos gabinetes federales. Pese a su escasa formación, escribió textos memorables que enriquecieron el acervo jurídico de los Estados Unidos. En su lucha contra el régimen tarifario federal, que ahogaba a las plantaciones sureñas, creó conceptos que han pervivido en el confederalismo hasta nuestros días: es el caso de la nulificación o la mayoría concurrente.

En realidad, su Teoría del Estado no pretendía otra cosa que servir a una concepción determinada de la sociedad. Efectivamente, en tiempos de capitalismo liberal y expansionismo territorial –década de 1830- los Estados del Sur veían cómo su riqueza disminuía dramáticamente. Así las cosas, el confederalismo de Calhoun tenía como objetivo proteger institucionalmente el modo de producción esclavista, para lo cual propuso una unión de intereses entre los plantadores y los empresarios del Norte: solo el sometimiento forzoso de una parte de la población permitiría contener la lucha de clases que se avecinaba como consecuencia de la depauperización de los trabajadores industriales. Es por ello que en Estados Unidos se haya conocido a Calhoun como “el Marx de la clase dominante”.

Una de las lecturas plausibles de Moby Dick es considerar al capitán Ahab como el marino fanático que lleva su nave contra la ballena abolicionista. Téngase en cuenta, no obstante, que el libro de Melville se publica casi una década antes de la Guerra Civil y que Calhoun apenas hizo referencia a la secesión en sus escritos y discursos. En 1831, un esclavo llamado Aleck escapó de su plantación después de cometer alguna falta hacia la señora de la casa: Calhoun dio instrucciones para encerrarlo durante una semana y darle “treinta latigazos bien dados”. Como señala Hofstadter, esos “treinta latigazos” contribuyen más a la comprensión del problema de las mayorías y minorías territoriales, que toda su dialéctica acerca de la Teoría de la Constitución norteamericana. Quizá James Carville podría haber dicho aquello de “es la cultura política, estúpido”. 

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