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Cameron el evanescente

La fiebre plebiscitaria de este Cameron crepuscular es otro desgraciado caso de absentismo laboral de un gobernante. El fundamento del gobierno asambleario lo describió con exactitud mi amigo Manuel Fernández-Valdés cuando los que se hacen llamar alcaldes del cambio, a golpe de referéndum, delegaron en el pueblo la gestión de la ciudad: “Vosotros lo hacéis y yo lo cobro”.

El resultado de este trampantojo democrático es un gobierno impulsivo, ciclotímico y, lo que es peor, de responsabilidad compartida; es decir, diluida; es decir, sin responsables. Cualquier zote que haya tenido que coordinar a un grupo de personas sabe que repartir es la única solución para el mal supremo, que es compartir. En la democracia representativa –a la que a partir de ahora llamaremos democracia a secas- las responsabilidades están repartidas: el pueblo decide quién decide y quien el pueblo decide tiene que decidir.

Cuando un irresponsable pervierte esa equilibrada fórmula los efectos son estupefacientes. Vemos al líder de una nación orgullosa mendigando ante los ciudadanos un voto correcto. Un voto, en fin, que no tenía que haberles transferido. Tal es la realidad de este Cameron evanescente que publicita los recortes presupuestarios que tendría que acometer su ejecutivo en caso de que Reino Unido abandone la Unión Europea.

Dicho todo esto, la culpa de la violencia en una democracia solo corresponde al que la ejerce o al que la alienta. Hay quien ya se ha apresurado a adjudicarle al primer ministro la responsabilidad de que la diputada laborista Jo Cox haya sido asesinada por un psicópata. No hay nada tan repulsivo como ennoblecer un crimen con una justificación política, siquiera para condenarlo. ¿Quién de entre los españoles podría ignorarlo?

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