Enrique García-Máiquez

Campo de desconcentración

«Nos preciamos de la mucha libertad que tenemos, pero cada vez hay más normas, más toques de queda y más estados de excepción por todas partes»

Opinión

Campo de desconcentración
Foto: United Artists
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

Nadie me ha bloqueado ninguna cuenta de mis redes sociales, pero las advertencias y los apagones me caen cada vez más cerca y ya se advierte que alguno de mis artículos «puede contener material que puede herir la sensibilidad de algunas personas». Unas empresas en régimen casi monopolístico privatizando la censura, y más cuando la información y la opinión se han convertido en el verdadero motor de la vida política, no es cosa de broma. Tiene una gravedad que afecta al sistema democrático en su conjunto. Pero como eso lo ve cualquiera y lo están explicando mis más sesudos compañeros, yo voy a frivolizar un poco, mientras me dejen.

Tras ver El dilema social, el impactante documental sobre la adicción que producen a sabiendas las redes sociales, cómo monetizan con nuestra atención y hasta qué punto nosotros somos el producto que ellos manufacturan, uno se pregunta dos cosas. ¿Se van a permitir renunciar gratis a la mitad —a la mitad conservadora— de su materia prima, y al combustible de la discusión? En segundo lugar, ¿no nos estarán haciendo un favor a los más conservadores-reaccionarios quitándonos de las manos el juguetito diabólico? Yo sé por mí lo que me distraigo con las dichosas maquinitas, y pienso que quizá si me expulsaran de todas las redes, podría dedicarme a estudiar la Suma Teológica, que sólo he leído a trozos, como posts o tuits. Para la batalla cultural y la guerra de ideas —bagaje cultural y salud del alma aparte— una lectura a fondo de Santo Tomás de Aquino sería más provechosa que no estar aquí y allí tirando el tiempo al ciberespacio.

Digo esto de las redes sociales porque yo soy muy de ver el vaso medio lleno, pero sin dejar de reconocer, por justicia, que les debo grandes amigos verdaderos, lecturas provechosas y algo casi milagroso: lectores. Sin embargo, reconozcamos que funcionan como un campo de desconcentración.

Lo último que yo haría sería frivolizar con abismos tan profundos de la indignidad humana como la Shoah y el Gulag, así que, si no van a entender mi analogía contemporánea, lo dejamos aquí y ustedes se llevan lo más sincero de este artículo: mi repulsa absoluta a aquellos campos de concentración totalitarios.

Pero igual que alguien dijo que los fascistas del mañana (de hoy) serían los antifascistas, cabría extender el retruécano a la retorcida situación actual. La envolvente blandura de la sociedad de consumo hace las veces de duro control de las personas. Lo advirtió hace 33 años don Álvaro d’Ors en su ensayo La violencia y el orden. La libertad de las empresas privadas se convierte en la tapadera de la máxima censura política. Los medios producen masas fácilmente manipulables. Las modas imponen uniformes aceptados de buen grado.

Los subsidios económicos, que manan de un Estado benefactor (y endeudado), crean poblaciones tan subsidiadas como sumisas al Poder. La opulencia de las sociedades occidentales embota a las inteligencias en lo cultural y en lo moral. Andamos atiborrados de dulces y ultracongelados, de cadenas de televisión, de comercio electrónico, de series y de vídeos humorísticos de Tik-tok. La liberación sexual de los últimos decenios ha funcionado como soma orwelliano. «Los hijos no son de los padres», se nos dice por los altavoces. Nos preciamos de la mucha libertad que tenemos, pero cada vez hay más normas, más toques de queda y más estados de excepción por todas partes, además de tabús, ideas malditas, opiniones intolerables y palabras prohibidas. El trabajo nos hará libres y, más que nada, contribuyentes con pesadas cargas impositivas, Sísifos de la Hacienda Pública.

Estoy cargando la mano en la descripción distópica, por supuesto, pero ustedes lo entienden. Y además saben que yo —optimista incorregible—, en los candados, las suspensiones de cuenta y las llamadas a la población para que se uniforme conductual e ideológicamente por su bien, no dejo de ver una oportunidad de oro para trincar la moto de Steve McQueen, meter puño y saltar sobre las largas alambradas, intentando la gran evasión, si me permiten la metáfora a más de 100 Km/h. (Que acabó mal, ya, pero que le quiten a McQueen lo acelerado).

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