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Campos de Castilla, montañas de Cataluña

Invierno de 1939. Una muchedumbre deshauciada y macilenta huye por fríos pasos de montaña de una guerra que ha perdido

Foto: Centro Editor de América Latina | Wikimedia

Invierno de 1939. Una muchedumbre desahuciada y macilenta huye por fríos pasos de montaña de una guerra que ha perdido. Bajo ráfagas de lluvia y un viento que corta como un garfio, el mundo se va quedando sin color. En una de esas carreteras secundarias que, abruptas, conducen a la frontera con Francia, Carles Riba reconoce una figura –su “torpe aliño indumentario”– que, como él, también es un poeta. Se trata de Antonio Machado, cuyo vehículo ha embarrancado. Riba, que viaja a bordo de una ambulancia militar, y se encuentra en el mismo y penoso trance de huir, no lo duda: “Suba, Don Antonio”. Y así, Machado, su anciana madre –que aún cree que al doblar los Pirineos estará en Sevilla– y su hermano José, se hacen hueco en la ambulancia que la Generalitat ha puesto a disposición de un grupo de escritores catalanes. Llegados a Port Bou, Machado pregunta cargado de angustia: “Riba, ¿sabría usted donde podría empeñar mañana este reloj que perteneció a mi padre?” “No lo creo necesario por ahora, Don Antonio. Aguarde. Entre todos hallaremos alguna solución”. En la frontera, el atasco es infranqueable; todos bajan de la ambulancia, y con sus pocos bultos, envueltos en una espesa niebla, cruzan a pie la raya que oficializa el destierro. Esa noche, Riba y Machado y sus acompañantes la pasan en la estación de Cérvère, cobijándose en unos vagones en vía muerta. A la mañana siguente se separan: Riba camino de Perpignan, y luego de Avignon, donde unos amigos le darán alojamiento; Machado hacia Colliure, donde un mes más tarde su corazón exhalará su ultima brisa.

Ignoraba por completo la historia de este dramático encuentro entre Riba y Machado camino del exilio. Supe de él por la semblanza que de Riba hace Carlos Clementson en Esta luz de Sinera, su antología general de la poesía catalana. A su vez, Clementson se basa en el ensayo biográfico que Albert Manent dedicó al poeta catalán. Otras fuentes añaden que durante el trayecto Riba escribió el famoso incipit de sus Elegías de Bierville (“Tristes banderes del crepuscle…”), dedicándoselo a Machado con estas palabras: “Con admiración y afecto, en la común esperanza que aún nos alienta, a don Antonio Machado, de su fiel amigo Carles Riba”. Riba es, para muchos, el más alto poeta en catalán del pasado siglo. Machado es quizá el poeta más querido por los españoles, del que ningún partido debe intentar apropiarse. Riba volvería del destierro en 1943, pero no del exilio, que continuaría por dentro; tal y como narra Jordi Amat en las más emotivas páginas el El Llarg Procés, su resistencia adoptaría la forma de un silencio del que solo saldría ante la obstinada invitación de un poeta castellano, empeñado en coser los pedazos de una España que él mismo había ayudado a desgarrar: Dionisio Ridruejo. También Machado volvería a cantar: esta vez en la azogada voz de un bardo catalán, Serrat, que descubrió sus versos a los españoles reconciliados. Campos de Castilla, montañas de Cataluña: historias de España.

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