Jaime G. Mora

Cancelando a Woody Allen

«En el caso de Woody Allen no solo no hemos dejado de ver sus películas, sino que incluso España le ha servido como refugio al encontrar aquí financiación para sus proyectos»

Opinión

Cancelando a Woody Allen
Foto: U.S. Embassy Kyiv Ukraine| Dominio público
Jaime G. Mora

Jaime G. Mora

Periodista. Política y libros en ABC. Lee periódicos en papel porque le gusta mancharse las manos de tinta.

En Rodaje, su quinta novela, Manuel Gutiérrez Aragón sitúa al protagonista, Pelayo Pelayo, en el Madrid de los años 60. Pelayo es un joven guionista que se dispone a rodar su primera película en una semana de locos en la que también tiene que cumplir con sus obligaciones como miembro del Partido Comunista por la sentencia a muerte a Grimau. Es un Madrid bohemio y clandestino que intenta aprovechar las pocas rendijas que deja la dictadura. Y como cineasta que es, Pelayo tiene que lidiar también con la censura: que si el chico de la película no puede intentar suicidarse, que nada de que las parejas se besen tumbados, solo de pie y sin ensañarse, que la hija del general no puede ser fea. «Oye, no te hagas el señorito, aquí todos padecemos la censura y a pesar de ello hacemos películas, algunas veces incluso buenas películas, así que…».

En una entrevista que le hice a Gutiérrez Aragón para ABC, le pregunté por la censura. «Aparte de ser un insulto a la inteligencia», me dijo, la censura producía un efecto contrario: «Era un reclamo para que la gente hiciera cola delante de los cines». En su primera película, Habla, mudita, le cortaron algunas escenas y, como siempre que esto ocurría, el público se empeñó en recomponer esos cortes, hasta el punto de hacer interpretaciones en las que no pensaba ni el propio autor. «Ahora dicen que es peor la censura económica o la censura de lo políticamente correcto… y es verdad, hay películas que yo rodé entonces y que ahora no se podrían hacer». Cuando le pregunté por la cultura de la cancelación, como han dado en llamar lo que le ha ocurrido a Woody Allen, reflexionó que en la cultura estadounidense son más duros con estos temas: «La sociedad española es más tolerante y más inteligente porque sabe distinguir lo que está mal moralmente en la vida privada del trabajo profesional y público».

Pensé que tenía razón. En el caso de Woody Allen no solo no hemos dejado de ver sus películas, sino que incluso España le ha servido como refugio al encontrar aquí financiación para sus proyectos. Filmin, la plataforma de cine online española, ofrece en su catálogo un buen puñado de películas del director neoyorquino. Sus memorias, en las que trata de exculparse de las acusaciones de abuso sexual que lo han convertido en un paria en Estados Unidos, siguen estando entre los libros más vendidos nueve meses después de su lanzamiento. Si allí tuvo problemas hasta para publicar el libro, aquí lo hemos leído y diría que lo hemos entendido. Pero el estreno del documental Allen v. Farrow, cuatro capítulos de la HBO donde se intentan tumbar las exoneraciones que la Justicia hizo en su día, me hace dudar.

Detrás de la serie está Ronan Farrow, el hijísimo. Premio Pulitzer por la investigación que hizo caer a Harvey Weinstein, Ronan es un hijo de su tiempo: tiene un ego desmedido, la necesidad de que a cada rato le digan lo guapo y lo inteligente que es y piensa que el periodismo consiste en dividir entre buenos y malos. Para entender por qué la vanidad es uno de los males de estos tiempos de juicios sumarísimos basta con leer Depredadores, donde Superfarrow narra todas sus aventuras contra todos los que son como Woody Allen. Farrow es un chico inteligentísimo, eso sí, fue un niño prodigio y ahora está demostrando saber moverse como nadie en este ecosistema de consumo rápido de cultura. Le faltaba rematar su victoria con la complicidad de una plataforma de las grandes y HBO se ha prestado a ello. No hay libro de memorias que pueda competir con productos de consumo masivo como el que Farrow acaba de pergeñar. ¿Cambiará nuestra manera de ver el caso Allen-Farrow? Veremos.

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