Aloma Rodríguez

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«No se trata de defender ideas contrarias a los derechos humanos, se trata de permitir la disidencia, el matiz, que haya quien no esté de acuerdo del todo con lo que dices»

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Foto: Anja Niedringhaus
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

El primer problema con el asunto de la cultura de la cancelación es que es una traducción horrible, aunque puede que no haya otra manera. El segundo es que se trata de un problema importado: quiero decir que en España aún no se palpa ese clima contra el que alertaban quienes firmaban la carta de Harper’s, pero eso se debe a que los editores aquí no han debido de sentir la presión de los anunciantes aún. En España, de momento, como han señalado tanto los firmantes del manifiesto español de apoyo al estadounidense como sus críticos, la mayor amenaza a la libertad de expresión es la Ley Mordaza, que por cierto los dos partidos en el gobierno criticaron duramente cuando estaban en la oposición, pero sigue vigente. Supongo que es como todo, algunas cosas te parecen mal hasta que eres tú el que las maneja.

La carta de Harper’s era prácticamente irreprochable y los firmantes cubrían un espectro bastante plural. En Twitter aprendimos que Margaret Atwood y Noam Chomsky, entre otros firmantes, en realidad estaban temerosos y su protesta no era contra una supuesta merma de la calidad del debate público en los medios estadounidenses sino que se debía a que querían mantener su estatus. Unos días después, hubo un manifiesto español de apoyo a la carta de Harper’s. Entre los firmantes, del español o del estadounidense, seguro que hay quien que esté más preocupado por su propia carrera que por la libertad de expresión, como habrá quien cuando esté defendiendo el argumento contrario esté en realidad buscando un trampolín. Hemos visto algún ejemplo más bien irrisorio de defensa del manifiesto, sin haberlo firmado, para ponerse como ejemplo de la cultura de la cancelación en España. Curiosamente, en ese caso, la historia del cancelado acababa con una colaboración en la radio más escuchada del país. Entiendo que defensores así hacen más daño a la causa que otra cosa. También podría decirse de quienes dicen que no hay cultura de cancelación y que se trata solo de hombres blancos poderosos protestando por una posible pérdida de poder que están siguiendo una oportuna corriente de pensamiento que solo puede beneficiarles.

Uno de los argumentos que se usan para defender la cancelación es que protestan contra eso los poderosos, a quienes se les atribuye la ridiculización de las protestas para anular el argumento. Dicen que no hay ninguna cancelación, pero Andrew Sullivan fue despedido después de escribir un artículo titulado ¿Es posible debatir todavía? (parece ser que no). También Emily Joffe ha explicado que no hacen falta cancelaciones en masa, funciona creando un clima en el que sabes que disentir será penalizado socialmente, en tu reputación, en tu trabajo.

No se trata de defender ideas contrarias a los derechos humanos, se trata de permitir la disidencia, el matiz, que haya quien no esté de acuerdo del todo con lo que dices. Se trata de tolerar el matiz, se trata también de tolerar el error. Y sobre todo se trata de defender la circulación de ideas y no imponer una idea unívoca del mundo, de la sociedad. Porque a veces el problema no es solo lo que se defiende sino también las herramientas que se usan para defenderlo.

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