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Carlos Semprún: el hombre sin miedo

"Desprejuiciado y deslenguado como era, no templaba gaitas a la hora de juzgar el cine español"

Una semana antes de que el cielo cayera sobre nuestras cabezas, recibí un correo de París convocándome a una visita al Centro Pompidou donde se iba a inaugurar, a mediados de mayo, un ciclo titulado “Galerías del Siglo XX”, una de cuyas salas estaría dedicada a la galería Nina Dausset. En ella se exhibirían obras de Tanguy, Henri Michaux, André Masson, Max Jacob y algunos otros artistas con los que ella se trataba. Nina era la segunda mujer de Carlos Semprún Maura y ese correo despertó mi mala conciencia porque recordé que el año pasado se cumplieron los diez años de la muerte de Carlos -Nina, que era siete años mayor que él, le seguiría cinco años después- y a mí, tan respetuosa de esas cosas, se me pasó, y me temo que no sólo a mí.

Yo le conocí, allá por los setenta, sobrellevando una clandestinidad relativa. Ya en la democracia, se instaló de manera más o menos permanente en Madrid y empezó a trabajar para el recién creado Diario 16. Publicó muchas cosas en ese singular periódico en el que yo también colaboré posteriormente. Sus críticas de cine eran demoledoras y fue responsable de que Pilar Miró, que acababa de estrenar “El crimen de Cuenca”, tuviera una seria depresión al leer la crítica (¡Pero qué le he hecho yo!, cuentan que decía).

Porque Carlos, en París, simultaneándolo con su militancia política en el exilio, colaboraba regularmente en los medios y escribía guiones y obras de teatro. Desprejuiciado y deslenguado como era, no templaba gaitas a la hora de juzgar el cine español cuya decadencia, tras una breve época dorada, le parecía detestable, y no ha dejado de serlo de manera constante, dicho sea de paso. Luego, instalado ya definitivamente en París, nos contó que la única película de la que pudo hablar bien en aquella época fue “Fat City, ciudad dorada”, de John Huston. Amigos ya para siempre, nos vimos aquí y allá, siempre que podíamos.

Para que se hagan una idea de su amplia bibliografía, les diré que CSM es autor de más de setenta obras dramáticas, unas cinco novelas y numerosos libros de ensayo sin olvidar los tres volúmenes de su Memorias. El primero es “El exilio fue una fiesta. Memoria informal de un español de París”, (Editorial Planeta, 1998); en el segundo, “A orillas del Sena, un español…” (Libertad Digital/ Hoja Perenne, 2006) inició ya la denuncia de que su hermano, como tantos otros, utilizó los privilegios de su militancia comunista para sobrevivir en los campos de exterminio del nazismo, cosa que acabó de enfrentar dolorosamente a su familia. En cuanto a la tercera parte, “Las barricadas de enfrente”, he decir que está todavía inédito, pues Carlos murió justo cuando acababa de revisar su manuscrito que, por una serie de razones, obra ahora en mi poder. Nada más morir Carlos, en 2009, hubo algunas editoriales interesadas en publicarlo, pero han pasado los años y aún no se han pronunciado, aunque todavía no es tarde.

Carlos tuvo una gran influencia en la educación política de varias generaciones, gracias a su papel en la colección “El Viejo Topo” de la editorial Ruedo Ibérico, y después en la colección “Acracia” de la editorial Tusquets, donde publicó lo mejor en materia de pensamiento anti totalitario de izquierdas (Castoriadis, Claude Lefort y compañeros mártires), hasta despertar del todo, convirtiéndose en un liberal convencido que dedicó sus últimos años, a través de sus libros y de sus centenares de artículos en Libertad Digital, a ayudar a los demás a descubrir la gran mentira del comunismo y la impostura de una generación, víctima de una alucinación colectiva que le hacía apoyar regímenes comunistas abyectos, mucho peores que aquellos contra los que habían pedido tanto tiempo combatiendo. 

En sus memorias, en sus libros, y por supuesto en su vida, Carlos siempre firmó con sus dos apellidos para distinguirse de su carismático hermano Jorge, al que quiso tanto y con quien tuvo dolorosos contenciosos que la muerte de ambos ha sellado definitivamente. Quedan sus respectivas aventuras políticas e intelectuales. Quedan sus obras y quedamos nosotros para recordarlos.

No creo que ni esa exposición de la galería de Nina, ni mi visita a París vayan a ser posibles, dadas las dramáticas circunstancias por las que estamos atravesando en todo el mundo -y Francia y España son, junto a Italia, los países europeos más afectados por la pandemia- pero iría gustosamente a rendirles homenaje, ahora a ambos, como hicimos unos amigos en noviembre de 2009 cuando acompañamos a Nina, a algunos familiares de ésta y a los hijos de Carlos al sepelio de los restos de este último, pocos días después de su muerte.

Fue en el cementerio del Père Lachaise, cementerio triste, como todos los grandes cementerios urbanos y centro de peregrinación para fetichistas, mayoritariamente norteamericanos que prefieren visitar la tumba de Gertrude Stein o de Jim Morrison a pisar el Museo del Louvre. Los sepultureros abrieron las fauces del panteón de los Dastakian, una familia armenia procedente del Cáucaso, a quien el siniestro y agitado siglo XX llevó a París tras sobrevivir a numerosas catástrofes locales y mundiales, y las cenizas de Carlos Semprún-Maura fueron unirse a los restos de esa hospitalaria familia armenia de nombres sonoros y sugestivos, como los de todos los muertos. Carlos les tenía mucho aprecio y se refirió varias veces a ellos en sus Memorias. No era pues incongruente que le acogieran, extranjeros todos, al fin y al cabo, en esa parcela de tierra francesa, ahora ya definitivamente suya.

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