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Carola y el mar

"El mar Mediterráneo produce milagros como Carola Rackete, personas que sacan la excelencia como escudo de armas"

Foto: Pasquale Claudio Montana Lampo | ANSA via AP

Me habría gustado estudiar una asignatura de la historia que se denominara “El Mediterráneo”. Habría sido una buena asignatura en la facultad de Periodismo, o en el bachillerato. En esa asignatura tendrían cabida las guerras y los héroes de los pueblos que circundan nuestro mar, la literatura que han generado esas guerras y sus autores, la vida de las gentes y su inútil muerte tratando de cruzar las olas para escapar de la guerra. Siempre hay una guerra a orillas del Mediterráneo. Y, si no está en la orilla la misma guerra, lo están los desplazados, los que huyen, los esclavos que eran vendidos y embarcados, los viajeros que lo daban todo, engañados por mafias y bandas en su desesperada huida de los nazis, los refugiados de hoy. De hoy mismo.

El Mediterráneo tiene el tamaño suficiente para separarnos y mantenernos aislados en nuestro idioma y cultura, pero la suficiente historia común como para tender tentadores puentes en sus rutas milenarias. El Mediterráneo puede ayudarnos a huir, tiene la calma bastante para incitar al riesgo, pero es un mar y mata. Es un mar-laguna-estigia que nos comunica con los muertos, con la historia y el pasado y que, desde las guerras púnicas, pasando por la batalla del Mediterráneo en la segunda guerra mundial y llegando al conflicto de los Balcanes, nos ha dado la trama trágica de la historia con cientos de miles, millones, miles de millones de vidas perdidas… pero también de vidas recuperadas, milagros y gestas. El Mediterráneo, desde las tragedias griegas, desde las grandes odas, ha escrito héroes con sus aguas.

Uno reconoce el valor cuando lo ve, porque el valor no es una sola cosa. No es temeridad y tiene temeridad entre sus componentes. No es arrojo, y tiene arrojo en la fórmula magistral. No es experiencia, pero necesita la suficiente para acumular misiones y momentos de riesgo sin que el enemigo te mate a la primera. El valor es una mezcla de cualidades y pasiones, de habilidad innata y mecánica de la vida que se activa en un momento de peligro y produce líderes ante las circunstancias adecuadas. Produce milagros-persona, como Carola Rackete, personas que, ante situaciones de desesperación, de riesgo, de necesidad, de guerra, sacan la excelencia como escudo de armas y nos hacen conscientes de la fuerza de aquellos que son capaces de poner en peligro su vida o su libertad para hacer lo que saben hacer con experiencia: navegar, salvar vidas, proteger, entrar en un incendio, auxiliar tras un terremoto. El valor de los héroes parece de película, porque las historias han narrado ese valor durante miles de años en la boca de egipcios, fenicios, latinos o persas.

No es la primera vez que el mar Mediterrano crea héroes. En este caso, una heroína, porque las guerras a sus orillas han desplazado millones de personas por sus aguas a lo largo de los siglos y es de esas personas de las que no se habla con frecuencia en los libros de historia. Hay una guerra ahí, una tragedia europea, que no difiere mucho de aquellas narradas por los griegos, porque nada cambia en el mar que nos une. Porque nos une. El mar nos une a Carola y Carola es un emblema de esperanza. Es la mujer que esconde judíos en su casa en contra de la ley de los nazis, es la mujer que ayuda a un fugitivo político en un régimen totalitario. Es la conciencia de los impotentes. Nuestra conciencia. Por eso la aplaudimos con esperanza.

Nada cambia aunque pasen cien años, mil años, mil millones de años pues es la esencia del mar la que tendría que cambiar para no ser el nexo de nuestras tragedias.

Pero se recuerda a los héroes, porque nuestro Mediterráneo es un puente líquido de canciones, de culturas, de poesía, que ha bañado los cuerpos de los muertos, las manos de las guerras durante milenios. Si decimos en voz alta las palabras Anatolia, Gibraltar, Canal de Suez, Bósforo, resuenan mil episodios en cada fonema, con sus heridos y muertos, con sus conflictos y sus individuos excepcionales. A sus costas han llegado los que huyen, los indefensos, los desesperados, contado sus historias y estas historias han calado en el cuerpo de los huéspedes, los han endurecido, los han emocionado, según el caso, y nos construyen a todos a través de odas y literatura y a través del periodismo, nuestra lectura más inmediata. Nos cambian las historias porque son la cultura que nos modela, aunque nuestros pies no estén dentro del mar nada más que para descansar.

Creemos que estamos insensibilizados, pero no lo estamos, porque la gesta de esta capitana nos emociona. Nos emociona y tal vez conmueva a alguien en alguna parte, aunque solo sea por intereses políticos. Son estos rostros, estas valentías, los que inspiran nuevas acciones. Necesitamos héroes. Heroínas libres, en este caso. No hay historia personal de dolor que caiga en saco roto. No hay elección para quien sabe lo que es ver muerte y angustia, esa muerte y esa angustia en las que solo cabe la acción. Está pasando, como siempre, en nuestro mar.

Súbanse los políticos europeos a los barcos, súbanse los burócratas, humedezcan sus ojos con el salitre del temporal. Llenen de mar sus leyes, vean sus rostros, el temblor, el odio, la dignidad, la enfermedad, la alegría de llegar a puerto. Toquen el agua, porque tocarla cambia el cuerpo para siempre.

Quizá nadie más lo haga. Creo que sí, creo que habrá reacciones. Ojalá. Al menos, siempre habrá quien lo escriba, quien viva para inspirar y quien viva para contar, haciendo que otros construyan una moral alternativa, que otros hagan lo que mejor saben hacer y se pongan a navegar. Que haya modelos de valor.

¿Cantarán el cine o la literatura a la capitana? ¿Cantará a los muertos? Algo así titulado: Carola y el mar. ¿Cantará a la maldad de la intolerancia, o la burocracia maligna que escoge quien es indeseado y quien aceptado? Como un Odiseo moderno, la capitana que habla cinco idiomas, que es como a valer por cinco, ha llegado a puerto y ha sido detenida. No creo que haya nada que tarde o temprano, le impida volver al mar, aunque sea solo como un sencillo y evocador mensaje de esperanza a la deriva.

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