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Carolina, el público y el fútbol

Muchos españoles habrán visto sus primeras imágenes de bádminton de alta competición la semana pasada, y por el motivo habitual: un participante o una participante española en un campeonato europeo o mundial empieza a descollar, y su deporte es perfectamente desconocido.

Muchos españoles habrán visto sus primeras imágenes de bádminton de alta competición la semana pasada, y por el motivo habitual: un participante o una participante española en un campeonato europeo o mundial empieza a descollar, y su deporte es perfectamente desconocido en un país cuyo público se ha vuelto, inesperadamente, mucho más limitado en sus gustos deportivos que hace 30 años, aunque no tanto como hace 50.

Expliquemos. El motivo del interés renovado era evidentemente esa guapa andaluza de 21 años, Carolina Marín, que de manera escalofriante zurró a lo mejor que Asia podía oponerle para alzarse con el título mundial de un deporte que, no, poco tiene que ver con ese juego de niños de nuestra infancia en el que blandamente nos pasábamos un volantito por encima de una red. El bádminton es desde siempre una especialidad asiática en el que poquísimos jugadores occidentales han logrado imponerse. Se trata, pues, de la proverbial pica en Flandes, y en un deporte en el que este cronista jamás pensó que veríamos la bandera española en lo alto de las tres del podio. Una enormidad, un relámpago en el cielo de verano, algo tan grande como lo de Coral Bistuer en taekwondo… o más.

Dos notas más. Sobre estos nuevos/as deportistas -Mireia Belmonte, las chicas de balonmano o waterpolo…-, que ya no surgen por generación espontánea como aquellos Santana o Timoner, sino salidos de buenos programas de formación, y además muestran una fiereza competitiva (tremenda en el caso de Carolina) que los distingue de sus antecesores, siempre un poco retraídos en la gran competición internacional, sin mucha fe en sí mismos. Sobre el público que los descubre: de 1970 a 1992 o así, una marcada conciencia polideportiva invadió el país, y cuando el primer Mundial de baloncesto español llegó en 1986, había hasta carruseles de este deporte los fines de semana. Pero los de marketing dijeron que ahí no estaba el dinero, la prensa deportiva se tornó cada día más futbolística (y forofa), la selección ganó tres grandes títulos, y hemos vuelto a 1920, a “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!”.

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