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Casado, ¿estratega o aprendiz de brujo?

"El silencio y la falta de iniciativa de Casado mientras Inés Arrimadas, a la cabeza de su mermada cohorte de Ciudadanos, intentaba convencer a Pedro Sánchez de que formase un Gobierno constitucionalista, son de los que dan que pensar"

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Mientras la comedia bufa de la investidura se prolonga, para desconcierto de Podemos, con el aplazamiento de la designación de ministros, poco queda ya por decir o analizar del momento más triste, políticamente –por fortuna, hasta ahora no hay que lamentar otros dolores como los de los días de plomo-, de la España constitucional nacida en 1978. Pero a este cronista le sigue dando vueltas por la cabeza la actitud del menos criticado de los actores del sainete parlamentario, Pablo Casado. Y toca madera porque no acabe siendo, como muchos ya dicen, tan sólo un émulo joven del tancredismo de Mariano Rajoy y de otros dirigentes del Partido Popular.

El silencio y la falta de iniciativa de Casado mientras Inés Arrimadas, a la cabeza de su mermada cohorte de Ciudadanos, intentaba convencer a Pedro Sánchez de que formase un Gobierno constitucionalista, son de los que dan que pensar. ¿Es la obsesión de Casado el crecimiento de Vox a costa de una hipotética e ineficaz unión PSOE-PP-Ciudadanos, prefiere esperar a un fracaso de PSOE-Podemos para recuperar el claro mando de la derecha?

Los maquiavelismos, por ahora, parecen inoportunos. Sí, el Ejecutivo ‘sánchezstein’ puede estrellarse antes de producir un daño irreparable en la estabilidad constitucional y la unidad de España, y eso daría a Casado su oportunidad. Pero, ¿y si la coalición de la extrema izquierda apoyada por el separatismo catalán (y vasco) aguanta lo suficiente para causar un daño irreparable al mantenimiento de la unidad española?

El Partido Popular siempre ha sido, como el PSOE y aquella fuerza de extrema izquierda (¿se acuerdan?) llamada IU un partido pactista, capaz de entenderse con Pujol y de desentenderse –como los otros dos grandes partidos clásicos- del avance sin trabas del independentismo en el sistema educativo y de los medios de comunicación públicos de Cataluña y el País Vasco. Si hacía falta un pacto del Majestic, se hacía un pacto del Majestic y se miraba hacia otro lado.

Así que, ¿qué le importa más a Casado? ¿El interés nacional o un cálculo más o menos maquiavélico de que el nuevo tinglado de Sánchez se estrellará antes de causar daños gravísimos y permanentes a la unidad nacional y, con la ayuda de Podemos, a la estabilidad económica de España? Pues, francamente, aún no lo sabemos. Sí que sabemos que con las cosas de comer no se juega, y que si Sánchez es un oportunista sin principios –como parece ampliamente demostrado-, no un ideólogo loco como Rodríguez Zapatero, quizá habría sido mejor rodearle desde el principio de ministros constitucionalistas con un proyecto nacional, aunque al final él sacase algún rédito de ello, que dejarle meterse en el infernal círculo de los separatistas y los comunistas. Pero el tacticismo de Casado quizá ha imposibilitado esa salida, enrevesada sin duda, pero preferible a lo que algunos están preparando ahora mismo.

En fin: que todo ello nos pille confesados.

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