Joaquín Jesús Sánchez

Castidad olímpica

«Quizás convendría liberar a las futuras generaciones de la tentación de pasarse ocho horas al día repitiendo una pirueta»

Opinión

Castidad olímpica
Foto: Akio Kon| AFP
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

No nos dejan tener cosas bonitas. Hace unos días estábamos entretenidísimos con las camas de cartón que la federación olímpica había puesto para evitar que los atletas se entregasen a la fornicación. Al primer movimiento brusco, ¡crac! Tanto disfrutábamos que tuvo que venir un gimnasta irlandés a desmentir la broma. «Fake news!» dice el tipo mientras brinca sobre el colchón. Aguafiestas.

Este pequeño chasco no debe distraernos de una verdad fundamental: el deporte profesional es un invento del diablo. Imaginemos a ese progenitor al que su chiquillo se le acerca y le dice: «Padre, quiero pasarme los próximos 15 años haciendo cabriolas, dietas y contorsiones para ver si logro saltar unos centímetros más alto que mi rival». Tendrás que quererlo igual, pero esa es una desgracia grande.

El deporte moderno, ese que va a los juegos olímpicos, es un invento de la aristocracia. La actividad física —eso que los trabajadores hacen mientras producen— se desata de cualquier propósito y se convierte en un fin en sí misma. El ejercicio por el ejercicio es como el arte por el arte: un lujo cuya práctica o disfrute requiere tiempo libre (es decir, una hacienda) y el valiosísimo conocimiento de las reglas del juego (es decir, ser del club social adecuado).

La estrecha vinculación entre el deporte y lo militar es evidente y de sobra conocida. Los muchachotes de las mejores universidades británicas acabaron en la Royal Air Force cuando estalló la guerra, Hitler disfrutó de los juegos de Berlín y en la Guerra Fría se peleaba en pista cubierta lo que no se podía ganar con bombas. Me temo, sin embargo, que el Telón de Acero había caído la última vez que lo miré, así que, ¿para qué servirá ahora este inventito? Pues, para sorpresa de nadie, para seguir imponiendo la ideología dominante.

¿No es curioso que el Comité Olímpico Internacional siempre esté preocupado por las hormonas, la complexión o la técnica de unas y no de otros? ¿Michael Phelps posee una constitución inusualmente provechosa para nadar pero Caster Semenya tiene demasiada testosterona? ¿Por qué el «Yurchenko con doble mortal carpado» en mujeres se puntúa bajo para disuadirlas pero en hombres se considera heroico y se premia?

Me da que los zagales del COI vienen tocados de fábrica y no tienen intención de enmendarse. Quizás convendría cerrar el chiringuito y liberar a las futuras generaciones de la tentación de pasarse ocho horas al día repitiendo una pirueta.

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