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Cataluña 2017: bucle o reformismo

Ha entrado en bucle. La élite independentista lleva cuatro años anunciando que la independencia está al alcance de la mano, pero se limitan a repetir pantallas del pasado, como un videojuego atascado. Puigdemont copia a Mas cambiándole simplemente el adjetivo a las cosas. Nos prometen un nuevo simulacro de referéndum seguido de unas nuevas elecciones autonómicas, antes apellidadas plebiscitarias; ahora, constituyentes, pero autonómicas al fin y al cabo. Puro statu quo procesista. A la élite independentista se le agota la imaginación. Lo más seguro es que el 2017 sea el año en que se anuncie una proclamación de independencia para el 2018. Algo parecido a lo que vamos viviendo desde 2012, pero con bastante menos de credibilidad.

Y es que, al final, el populismo se repite y cansa. Sí, populismo. En eso no somos tan diferentes al resto del mundo occidental. De hecho, Cataluña, tantas veces vanguardia en positivo, ha adelantado esta vez al resto de España pero por un mal camino, el del populismo, el de ese tipo de discurso (hegemonía cultural) que para asaltar o mantenerse en el poder (hegemonía política) transmite una elaborada simplificación: el pueblo frente a ________ (ponga aquí el nombre de su enemigo favorito). Confrontación sin soluciones. Las crisis económicas suelen facilitar ese tipo de política autodestructiva que en cada país o región adopta y pervierte el sustrato cultural. En Cataluña, el catalanismo, que había modelado España en las últimas cuatro décadas, ha degenerado en un discurso contra la propia España. Sin embargo, ese populismo se agota de tanto chocar con la realidad. Ni la Unión Europea espera con los brazos abiertos una Cataluña independiente, ni la mayoría de catalanes estamos a favor de la ruptura. No hay que cansarse de recordarlo: los partidos independentistas nunca han obtenido más del 50 % de los votos en Cataluña.

El futuro no está escrito, pero me atrevo a vislumbrar que tendremos que elegir entre dos vías. Por un lado, una Generalitat cada vez más escorada hacia un populismo izquierdista, que no sólo amenaza con ahogamiento fiscal y burocrático, sino que traiciona definitivamente algunos de los valores que más apreciábamos los catalanes: el seny y la feina ben feta. Y por otro, un avance en la sociedad catalana del espíritu reformista, el de aquéllos que intentamos articular un discurso que supere al independentismo por elevación, enfrentándonos a los problemas que afectan a nuestra sociedad con sentido de la realidad.

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