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Cataluña como crisis de identidad

Foto: YVES HERMAN | Reuters

Hacía mucho que en este país no se actualizaban con tanto furor las páginas de los periódicos en busca de información política. Las proezas de los próceres del procès lo han conseguido. Desde que en aquellos dos días de septiembre “Transitoriedad” y “Referéndum” se convirtieran en las palabras mágicas que, como una invocación chamánica, desataron la tormenta, todo han sido rayos y truenos.

Lo atropellado de los hechos ha dificultado su digestión, situarlos en horizontes algo más amplios y tener el tiempo, en fin, de comprenderlos.

En torno a 1950, el psicólogo alemán Erik Erikson acuñó el término “crisis de identidad”. Su experiencia durante años en el ámbito del psicoanálisis le había permitido observar una evolución significativa en sus pacientes: mientras que a los primeros de ellos les preocupaban los elementos inhibidores que les impedían ser lo que ya creían o querían ser, “el paciente de hoy en día –escribía Erikson en los años 50– está angustiado por saber en qué debe creer o en qué debería convertirse”. No hace falta ser alemán ni psicólogo para intuir que ese diagnóstico sigue siendo, al menos, igual de válido ahora que entonces.

Lo del independentismo tiene, en efecto, algo de respuesta a una crisis identitaria, a un vacío existencial. La sociedad catalana es la que, en las últimas décadas, más ha sufrido el derrumbe de las estructuras intermedias en torno a las cuales coagulan la propia identidad y los afectos: la familia, una sociedad civil plural, los apegos religiosos y espirituales. Como la naturaleza, la sociedad aborrece el vacío. Ese espacio había de llenarse y el independentismo se ha erigido en orfanato y templo, ofreciendo a muchos un proyecto para ser y algo en lo que convertirse.

En Jugando el papel de Dios, el último libro de Andy Crouch, encontramos un diagnóstico brillante de las formas de idolatría política contemporánea. El análisis de Crouch ilumina una verdad que en España no es nueva: el ídolo independentista pretende ocupar un vacío –el vacío humano– que es más profundo que el flagrante vacío legal sobre el que se sostiene. Pero como todo ídolo, el ídolo político termina defraudando y mostrando su lado amargo, porque vaya, resulta que Puigdemont no era el Mesías. Escribe David Brooks en un artículo reciente que “la política en nuestros días […] exige que las personas permanezcan en un estado de excitación febril causada por este o aquel escándalo u odio del momento”. La linfa vital del procès –y de toda forma de política idólatra, venga de donde venga– es precisamente el regurgitar continuo de esa bilis. Por eso es necesario que se repitan los 1 de octubre, uno cada vez que retumbe de nuevo en el creyente independentista el eco del vacío: “Porque vaya, resulta que Puigdemont no era el Mesías”.

La crisis de identidad para la que el procès es una gasa cada vez más emponzoñada nos afecta a todos y debería hacer reflexionar a quienes defienden una salida exclusivamente “política” a la crisis. Hacen falta legalidad y política, sí, pero como escribe Brooks –y perdonen la profusión de citas–  “la dependencia excesiva de la política tiene que ser desplazada por dependencias más importantes, como la familia, la amistad, el vecindario, la comunidad, la fe o el credo vital básico”, dependencias sin las cuales cualquier iniciativa política deja de ser servicio al bien común y se convierte en el enésimo becerro.

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