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Cataluña desde el País Vasco: relojes desincronizados

Foto: David Ramos | Getty Images

Hace unos días Arnaldo Otegi se emplazó a “sincronizar los relojes políticos de Cataluña y Euskal Herria”. A su paso por Barcelona no fueron pocos los que aprovecharon la ocasión para saludarle, apoyarle e, incluso, retratarse junto a quien fuera miembro de ETA militar y, posteriormente, el rostro y la voz de la banda terrorista en las instituciones democráticas. La interrelación y el contacto entre los diversos movimientos nacionalistas viene de lejos y ha hecho extraños compañeros de viaje. En 1923, varias personalidades nacionalistas de Galicia, Euskadi y Cataluña sellaron un pacto para buscar juntos sus respectivas soberanías nacionales. El experimento no dio demasiados frutos, aunque siga manteniendo cierto magnetismo simbólico, como se demostró con el uso de este nombre para la coalición nacionalista que se presentó a las elecciones europeas de 2004.

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El presidente catalán Carles Puigdemont y 700 alcaldes de Cataluña en la reunión de preparación del referéndum, 16 de septiembre de 2017 | Foto vía Wikimedia Commons

Al menos desde 1917, la evolución política española ha estado marcada por la cuestión nacional de una forma u otra, ya fuese en su vertiente autonomista o secesionista. Sin embargo, el foco ha ido moviéndose desde entonces entre Cataluña y el País Vasco, según las ventanas de oportunidad que percibía la élite política nacionalista de cada un de estas regiones. Probablemente la mejor imagen para explicar estas sacudidas continuas sea la del péndulo. No es extraño, por tanto, que en los últimos años las páginas de los diarios se encuentren abarrotadas de análisis sobre el proceso independentista catalán, mientras se olvidan de otros sucesos cotidianos de la política vasca que sigue su propio rumbo. El péndulo sigue en movimiento.

Los relojes marcan horas diferentes en Cataluña y Euskadi, pese a las ensoñaciones de Otegi.

Los relojes marcan horas diferentes en Cataluña y Euskadi, pese a las ensoñaciones de Otegi. Según el último Euskobarómetro (primavera de 2018), solamente uno de cada cinco vascos está insatisfecho con el Estatuto de autonomía. Poco queda de aquella aventura del lehendakari Ibarretxe, que perdió el gobierno pero consiguió un insólito doctorado transmutando su famoso Plan en tesis. En cualquier caso, creo que es necesario mirar hacia Cataluña atendiendo a algunas de las lecciones que deberíamos haber aprendido, de forma dramática e irreparable, en la historia reciente del País Vasco. A saber: que nuestro sistema democrático ha soportado, con sus debilidades y errores, las trágicas sacudidas del desafío terrorista gracias una capacidad de respuesta admirable; que nuestras conquistas socio-políticas, que solemos dar por imperecederas, no lo son necesariamente; y que la retórica del resentimiento es, como una bola de nieve que rueda por una colina abajo, incontrolable.

De tanto escuchar la machacona coletilla “estado español” se nos ha olvidado que España sí es un Estado, de derecho, y una democracia constitucional

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Juan José Ibarretxe, saludando en el Alderdi Eguna de 2005. | Foto vía Wikimedia Commons

De tanto escuchar la machacona coletilla “estado español” se nos ha olvidado que España sí es un Estado, de derecho, y una democracia constitucional que se encuentra entre las escasas democracias plenas del mundo. ¿Significa eso que la constitución debe ser una reliquia solidificada? Por supuesto que no. De hecho, las sociedades que son incapaces de adaptarse a los diferentes embates que pueden llegar a sufrir son las que terminan por desintegrarse. Como ha destacado el politólogo David Runciman, las estables y prósperas sociedades políticas del siglo XXI aún no se han enfrentado a una crisis que les haya llevado a un conflicto violento. Pero eso no significa que no pueda llegar  a suceder en algún momento. El periodista serbio Dusan Velickovic describía este sentimiento haciendo memoria de una Yugoslavia quera un fantasma del pasado: “estaba convencido de que vivía en un país que no podía, simplemente, deshacerse y desaparecer”. Esta prevención creció en muchos ciudadanos vascos que comprendieron los peligros que suponía la existencia de unos terroristas que buscaban desestabilizar el sistema democrático español. Que siempre se hayan solventado los problemas, por muy acuciantes que estos fueran, no significa que vaya a ser así siempre. Como recordaba el historiador E. P. Thompson, a veces, la historia se conjuga con verbos irregulares y, añado yo, no te permite marcar las cartas.

Ganar unas elecciones o conseguir articular una coalición gubernamental no te da la legitimidad de forma automática, si atacas constantemente los procedimientos y procesos democráticos

¿Significa esto que Cataluña está a un paso del conflicto violento? No lo creo. Pero tampoco sirve de mucho hacer como si no existiera una polarización que ha terminado por cuartear la sociedad, ha crispado la vida cotidiana y se ha sostenido en amenazas, actos vandálicos e intimidaciones cotidianas. El año pasado por estas mismas fechas Joan Tardá estaba exhortando a los jóvenes catalanes a “parir la República” para no cometer un “delito de traición” a la patria. Hace unos días se desmarcó de su propio discurso para asegurar que una mitad de la población no se puede imponer a la otra mitad. Y viceversa. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Quizá la toxicidad emocional que le embargaba en aquellos momentos le hizo olvidar a una mitad de sus conciudadanos en ese intento de hacer saltar por los aires la legislación que debían respetar. Ganar unas elecciones o conseguir articular una coalición gubernamental no te da la legitimidad de forma automática, si atacas constantemente los procedimientos y procesos democráticos o niegas la legitimidad de todos aquellos que están en la oposición. Enfundarse en la bandera de la nación, por otro lado, tampoco.

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Una de las muchas reuniones en todo el País Vasco en apoyo del voto catalán | Foto vía Wikimedia Commons

No es extraño que los nacionalistas acaben por confundir la realidad con sus propias trampas discursivas. Por ejemplo, aquella que dice que son los únicos y genuinos intérpretes de la voluntad popular. El sociólogo Peter Berger aseguraba que detrás de cada conflicto normativo se encontraban dos preguntas fundamentales de no fácil respuesta sobre la identidad colectiva y la forma de organizarse. El conflicto es consustancial a la práctica democrática. Nuestra democracia tiene diversos conflictos normativos que se entremezclan y agudizan por las tensiones identitarias. Necesitamos afrontar nuestro gran desafío pensando de forma diferente. Hemos gastado más tiempo en vociferar a los cuatro vientos lo plural que es España (pero no Euskadi, o Cataluña, o Andalucía…) que en remarcar la importancia de construir una sociedad pluralista.

No es extraño que los nacionalistas acaben por confundir la realidad con sus propias trampas discursivas.

Como ha recordado en varias columnas Juan Claudio de Ramón, la retahíla sobre la plurinacionalidad busca realmente yuxtaponer uniformidades artificiales. La política debería generar un espacio compartido de reconocimiento y responsabilidad, situando en el centro de la deliberación pública una cuestión esencial: ¿a qué damos prioridad normativa? ¿A la pertenencia a una comunidad? ¿O a los derechos individuales? Porque los vínculos sociales son fundamentales, pero no se reducen a la auto-identificación nacional. ¿Podremos construir un nuevo marco de convivencia que no esté contaminado por una normatividad basada en singularidades historicistas?

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