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Cataluña: la reconciliación es posible

Foto: Manu Fernandez | AP

Cataluña está siendo un laboratorio político excepcional, como una cobaya a la que se le aplican a la vez todos aquellos experimentos que de alguna manera sufren las sociedades occidentales en la actualidad y que tan bien describe Mark Thompson en su esclarecedor ensayo Sin palabras: abuso del lenguaje del marketing -simple e intenso- en el discurso político, campaña permanente que dificulta el espíritu de pacto y fragmentación que sacude incluso las entrañas de los propios partidos. Todo ello tiene un impacto social: crispación, polarización y, en definitiva, un predominio de las emociones más negativas que provoca cierto deterioro de esas virtudes cívicas tan necesarias para la vida en democracia. Sin embargo, la sublimación de algunas de estas dinámicas ha favorecido que el proyecto político que representaba el procés independentista haya sido derrotado en todas sus mutaciones. La creciente exageración de las virtudes propias y de los defectos ajenos llevó al discurso separatista a una desconexión de la compleja realidad y a despreciar cualquier opción que no fuera el todo o nada.

Con el golpe de realidad que supuso la aplicación del artículo 155, los partidos independentistas se enfrentan a nuevos dilemas que requerirán nuevas retóricas. De momento, dos opciones sobre la mesa. Una, la del fracaso en la pureza, un intento desesperado de institucionalizar el enfrentamiento apostando por una especie de legitimismo carlista. Sería volver a ensanchar la distancia entre el lenguaje público y las confidencias en privado. Sería repetir el doble discurso que ya ha quedado en evidencia los mensajes de Carles Puigdemont a Antoni Comín. La otra, la de la inclusión, la de restañar heridas, la de las victorias parciales y compartidas, con una nueva retórica de la reconciliación, ya adoptada por una mayoría de constitucionalistas e iniciada por algunos nacionalistas, aunque sea bajo la excusa del realismo. De hecho, algunos empiezan a reconocer en público lo que no hace tanto tiempo negaban rotundamente: que el 47 % no es el 80 % de la sociedad, que no tienen base legal para llevar a cabo sus promesas y que los apoyos internacionales son tan escasos como contraproducentes para su causa.

La vía de la reconciliación no es fácil. Es fuerte el temor a ser considerado traidor y es débil el liderazgo que pueda favorecer un cambio de rumbo. Sin embargo, el incentivo a recuperar la normalidad del poder no es desdeñable. Llámenme ingenuo, pero creo que la reconciliación es posible. No será fácil, ni se producirá esta semana. La desconfianza sigue siendo proporcional a la angustia vivida durante los últimos meses, es decir, enorme. Sentar las bases para la reconciliación requerirá construir unos espacios de reencuentro que aún no existen y abrir la posibilidad de un tiempo de reformas institucionales que nos eviten volver al borde del abismo. Sin embargo, así como el lenguaje político condujo a la destrucción de tantos lazos entre catalanes, sólo una retórica de la reconciliación ayudará a crear el clima necesario para asentar los pilares que ésta necesita.  La apertura podría ser un motivo de orgullo superior al aislamiento. La colaboración, al enfrentamiento. Mirarnos a la cara y recuperar la amistad con nuestro vecino podría elevar más nuestro espíritu que disolver la personalidad detrás de una careta. Y, además, seguro que no son necesarios tantos recursos para impulsar la retórica de la reconciliación como los derrochados en su día en el proceso de división.

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