Juan Milián

Cataluña, tibia y decadente

«No habrá otoño caliente, pero a los demócratas nos condenan a algo peor que a la matraca de los septiembres amarillos. Nos condenan a un invierno largo, tibio y decadente»

Opinión

Cataluña, tibia y decadente
Foto: | EFE
Juan Milián

Juan Milián

Morellano del 81. Politólogo y político. Procesólogo por obligación, mediterráneo por vocación. He escrito algún libro.

Durante la última década, uno encaraba cada final de agosto rumiando un artículo sobre el otoño caliente que se nos avecinaba a los catalanes. Esta vez es diferente. El procés se ha trasladado a La Moncloa, ya que la izquierda española ha adquirido toda la chatarra ideológica del separatismo: ataques a la independencia de los órganos judiciales, férreo control de los medios de comunicación, división subvencionada de la sociedad entre falsas víctimas y enemigos imaginarios… lo que viene a ser el populismo de toda la vida. 

Además, tras los indultos a quienes prometen reincidir, el gobierno de la Nación ya ha dejado claro que la Generalitat tendrá manga ancha para aplicar a la sociedad catalana la penúltima fase de la ingeniería pujolista. Es un laissez faire irresponsable. Es el antiguo peix al cove, pero esta vez a favor de una deslealtad no solo proclamada, sino también ejecutada. El coste del sanchismo será, pues, el sacrificio de los derechos y las libertades de los constitucionalistas. El nacionalismo gozará de absoluta soberanía sin tener que pagar el precio de la independencia. Así, es lógico que la elite nacionalista no tenga incentivos para subir la temperatura de la rentrée. Tiene lo que buscaba. No habrá otoño caliente, pero a los demócratas nos condenan a algo peor que a la matraca de los septiembres amarillos. Nos condenan a un invierno largo, tibio y decadente. Nos condenan a sufrir la impunidad de una Generalitat menos ruidosa, pero más liberticida.

Los síntomas son claros: no son pocos quienes huyen. Las empresas catalanas siguen trasladándose a Madrid. Y ahora también a Andalucía, refutando de este modo aquel efecto capitalidad con el que la burguesía catalana curaba su mala conciencia. Los artistas también se van. El artista visual Sean Scully y su mujer huyen de esta “mierda”, refiriéndose al nacionalismo. Dejan Barcelona atrás. Al mismo tiempo, los capitostes de la comunicación en Cataluña acogen con los brazos abiertos los residuos políticos madrileños. Pablo Iglesias pronto se convertirá en uno de los más excelsos clérigos procesistas, superando a los cotarelos y a las talegones, ya simples parodias de sí mismos. Reforzará prejuicios y difundirá, como nadie, aquellas malas ideas que han hecho Cataluña más pequeña, triste y aburrida. 

La elite nacionalista, tan supremacista ella, ha degenerado hasta alcanzar el nivel intelectual y moral del urbanismo de Ada Colau. Y la capacidad de destrucción de una clase dirigente mediocre nunca se debe infravalorar. Sin ir más lejos, el expresidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, el del “España es paro y muerte” y la máscara de Carles Puigdemont, ahora es diputado en el Parlament y su empresa sobrevive gracias a las ayudas estatales del ICO. España sí paga a traidores, pero, al menos, también pone en evidencia la hipocresía de la casta catalana. La que expulsa a los talentos y atrae a los comunistas. La que echa a Leo Messi y ficha a Iglesias. 

 

 

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