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Cataluña y la cultura de la victimización

Foto: Manu Fernandez | AP

Hace unos días se inauguró en Gerona la plaza 1 de octubre, hasta entonces plaza de la Constitución. La alcaldesa Marta Madrenas (PDeCAT) encabezó la fiesta y descubrió una placa conmemorativa con el siguiente texto: “Durante el referéndum del 1 de Octubre de 2017, la ciudadanía de Girona sufrió la brutal agresión de las fuerzas de seguridad españolas cuando ejercía de forma libre y pacífica su derecho de voto. Esta plaza quiere dejar testimonio de admiración, memoria y recuerdo del digno comportamiento del pueblo y de su coraje”. Si existe una constante en el nacionalismo catalán es su capacidad de engrosar su colección de agravios; un acontecimiento tiene interés solo si es posible reinterpretarlo como un ultraje al pueblo, para posteriormente eslabonarlo a una tradición victimista: 1714, la Guerra Civil, la sentencia del Estatut, el 1-O, el 155 o el penalti en el último minuto. Esta tendencia no es anecdótica: responde a un modo muy concreto de entender la realidad y, por tanto, la política. Se trata de una arraigada cultura de la victimización.

En La herencia del pasado, Ricardo García Cárcel señala que es Ferrater Mora, en su Formas de vida catalana (1944), quien plantea la idea de que “históricamente Cataluña ha estado presa de una obsesión que constituye una enfermedad: la dependencia del pasado, un pasado construido en términos de agravios y heridas morales que han contribuido a fabricar una memoria victimista vinculada siempre al discurso político del presente”. Esta predisposición victimista actúa instrumentalizando el pasado, hasta el punto de que el presente pierde toda relevancia. Lo que preocupa al nacionalismo es abonar el pasado de ofensas, como manera de no pensar en el presente. Esta tendencia explica por qué todavía no hay un gobierno en Cataluña: el nacionalismo prefiere proponer candidatos imposibles para regodearse en el agravio. Es un movimiento que encuentra en el victimismo su fuente principal de legitimación y, en este sentido, parecen pioneros de lo que Bradley Campbell y Jason Manning llaman “la cultura de la victimización”.

A principios de este año Campbell y Manning publicaron The Rise of Victimhood Culture [El surgimiento de la cultura de la victimización]. El libro analiza el clima de hipersensibilidad que se respira en las universidades americanas y que ha comenzado a permear al conjunto de la sociedad: “Microagresiones, espacios seguros y las nuevas guerras culturales” es el subtítulo del libro.

Describen la cultura de la victimización como una cultura que recompensa socialmente al agraviado. El estatus de víctima aumenta el prestigio social y confiere virtud y esta recompensa, dicen los autores, alienta al sujeto a percibirse como un ser indefenso, a merced de fuerzas superiores. Es un patrón moral cada vez más asentado, que aspira a una suerte de dominación sobre el otro. Pues si algo define la cultura la victimización es que opera de manera desigual. Tiene un carácter netamente asimétrico: no todo el mundo puede ser objeto de una “microagresión”, del mismo modo que los agravios históricos solo se acumulan en una dirección. El nacionalismo, como sujeto colectivo, se está beneficiando de esta emergente cultura de la victimización, pues su identidad y su proyecto presente no son más que el eterno retorno al agravio.

Ayer supimos que la fiscalía había denunciado a nueve profesores por humillar a sus alumnos, hijos de guardias civiles. Ningún nacionalista ha amagado con referirse a esos jóvenes como víctimas, que volverán a sentirse humilladas si pasean por la antigua plaza de la Constitución. Esta es la doble moral de la cultura de la victimización.

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