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Cataluña y la templanza

"El nacionalismo catalán bucea en su historial de derrotas pretéritas para que nadie le hurte el triunfo"

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

La gente es muy desgraciada, y más en octubre, le dijo la chica más guapa de COU a Jacinto Antón en su soberbia crónica de este domingo.

Será verdad que la gente es más desgraciada en octubre. Antes nos íbamos haciendo a la idea de forma gradual, cuando septiembre aún era septiembre y el verano se retiraba como las mareas en el norte, al trote de un caballo percherón, mientras las tardes se iban acortando poco a poco. Ahora ni eso. El frío llega de golpe, innegociable, sin transición ni aterrizaje suave en este octubre abierto en canal por la herida catalana.

Veo en la tele porrazos y fuegos en las barricadas en Barcelona. Gritos de rabia mezclados con una apelación a la ira de la tribu. Pienso en lo que dijo Todorov, aquello de que “nadie quiere ser víctima, pero todos quieren haberlo sido en el pasado”. El nacionalismo catalán bucea en su historial de derrotas pretéritas para que nadie le hurte el triunfo, esta vez sí, en un presente espeso que se escapa al cielo de Barcelona mezclado con olor a goma quemada.

Derrotas inventadas y convenientemente exageradas, como es menester. Las de 1640 o 1714, una guerra dinástica entre borbones y Austrias. La de 1939, expropiada sin rubor con indecente afán apropiatorio. Ignorando la memoria doliente de una España republicana a la que quisieron hurtar el derecho a llamarse a sí misma España.

Recuerdo a Torra deambulando en sus escritos por los vestigios del efímero Ducado de Atenas y Neopatria. Glosando con épica arcaica las andanzas de algún antepasado suyo, a quien sueña enrolado con los Almogávares, mientras enfila su paso cadencioso a la sombra de una Acrópolis que imagina catalana. De todas sus famosas columnas es una de las menos conocidas. Y a ojos de quien escribe, de las que mejor ilustran su carácter, pese a la notoriedad ganada por otras más directas y lenguaraces. Ninguna otra refleja con más tino el delirio imperial del secesionismo que alimenta sus sueños.

Somos testigos atónitos de la alianza incomprensible que forjan señoras bien en el Liceo con anarquistas de diseño, empeñados en recrear la rosa de foc de la Semana Trágica de hace 110 años.

El carlismo rural de Virolai y Moreneta, el que pegaba tiros con el Tercio de Montserrat en la 74 división franquista en el Ebro, hermanado contra natura con ácratas urbanitas.  Un par de pijos posan con aire despreocupado. Lucen outfit de vanguardia delante del iphone para inmortalizar el día en que fueron revolucionarios y soñaron quimeras a la lumbre de contenedores en llamas. Mientras influencers hacen morritos para aplicar filtros épicos a la aventura de sus vidas, la factura del carnicero nos recuerda lo cerca que andamos del desastre en cada estúpida batalla campal.

Nos lo dijo Passolini hace casi medio siglo, cuando intuyó al elefante vacuo de la posmodernidad abriéndose paso entre la idiotez de una generación que fantaseó con la idea de trascender para escapar de la vulgaridad de lo material. Veía el cineasta los disturbios de aquel lejano 68 en las universidades, y no podía evitar sentir simpatía por los carabinieri, los hijos del Mezzogiorno, defendiendo el orden de una democracia imperfecta frente a los vástagos del norte acomodado. Los mismos que hoy, ya en la vejez, vuelven al redil votando a Salvini y a Berlusconi.

Recuerdo a Bobbio y su “elogio de la templanza”. La echo en falta en estos tiempos brumosos en que se cuece el futuro de España a fuego vivo, sin concesiones a la sensatez. Tiempos en que abundan los gallardos de pecho henchido de gloria y pocas entendederas. Alguno, incluso, aspirando a ser Presidente. Demasiado pirómano rondando en torno al guiso, presto a hundir la cuchara y sacar tajada con discursos iracundos que remueven tripas y liquidan inteligencias.

Pienso en ella, en la templanza requerida en un momento como este, cuando alguien me pregunta por la única virtud cardinal que ahora mismo nos separa de la barbarie.

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