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Ramiro Villapadierna

Qué piensa Putin de ustedes

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Qué piensa Putin de ustedes

Entre lo que se dice de Putin, y Putin, hay más que 4.000 kms de distancia física y millones de kilómetros de distancia lógica. Pero entre quienes hoy aprenden a pronunciar Donbas, hay en cambio no más de un milímetro entre lo que dicen de Putin y una bobada solemne. 

Entre estos últimos se cuentan, por ejemplo, miles de pacificadores. Que repiten detalladamente los planes de pacificación del presidente ruso. 

Con todo, hablaré de Putin; amparándome en el pretexto de haber vivido casi toda mi vida más cerca de él que de ustedes. 

Sin embargo, lo importante no es lo que, ni yo ni ustedes, pensemos del jefe de la nueva Rusia y de sus delirios disfrazados de «derechos existenciales»; sino lo que él piensa; y, especialmente, lo que él piensa de ustedes. 

Putin piensa de usted y de todos nosotros, que hemos caducado como civilización. Y que vuelve el hombre y el hombre es él. Lo podría decir más alto pero no más claro: somos, en sus palabras televisadas esta semana, «basura» y «decadencia». Lo ha dicho por escrito y de palabra. 

Su vocabulario está lleno de términos nacional-socialistas de los años 30, en la forma; pero lo que lo mueve es más una delirante filosofía de la que empezó a nutrirse hace ya tiempo y que conecta la retórica del colapso de Occidente, por las contradicciones marxianas del capitalismo, con el hundimiento de Roma -esto es: todo lo que está al oeste de Constantinopla- como una nueva y podrida Babilonia. 

Mucho de lo que vemos nuevo es en realidad viejo y está ya en ‘Los orígenes del totalitarismo’, de Arendt: el amanecer de un mundo de bloques bélicos; con desestabilizadores movimientos de poblaciones; desinformación a escala global; una nueva clase desinteresada, aislada en su habitación, adormecida con bromuro intelectual y sensible al magnetismo de un nuevo orden fuerte.  

«Nunca hemos dependido tanto de fuerzas políticas en las que no se puede confiar que posean sentido común, ni siquiera del propio interés; fuerzas que parecen directamente enfermas», escribió a mediados del pasado siglo, sobre lo que hoy está pasando. 

Sobre el terreno, habría razones para pensar que Moscú ha fracasado y algunos se regodean ya: El Blitzkrieg no ha funcionado y la agresión no le ha salido gratis. No ha podido pegar un bocado al vecino y sentarse a negociar; y las sanciones arruinarán la modesta economía rusa. 

Los reclutas y carros empleados han fallado, la sola incursión aerotransportada no tomó el aeropuerto, combustible y suministros no alcanzan, se cambian balas por pan y la moral decae, la estrategia se ha engolfado en las ciudades, se repiten los errores de Budapest en el 56 o de Georgia; el reloj corre en contra de Moscú, y como en Afganistán su ejército no sabe mantener territorio «no amigo».  

¿Era el gran ejército ruso un gigante con pies de barro? El maestro Von Klausewitz implicaba tres elementos en el éxito de un ejército: dirección política, cohesión de las fuerzas armadas y apoyo del pueblo. Las dos últimas huelgan pero ¿la primera? ¿qué buscaba Putin y, aún, que buscaba de nosotros?

Hasta aquí, pues, el parte de inteligencia y consideraciones lógicas, economicistas, incluso humanistas; o sea, meramente occidentales: Donde la opinión pública y de las fuerzas políticas, económicas, mediáticas es capital. Pero el Este no funciona así; y no es que Putin viva en el Este sino que el Este vive en la cabeza de Putin. 

No hay que olvidar que el KGB siempre fue maestro en juegos mentales con el enemigo. No es que nos provoque miedo la maquinaria rusa con un iluminado al volante; es que el miedo es el propio objetivo de este visionario. Por contra, bueno sería ahora recordar hoy con Churchill que es, justamente, el coraje, la virtud que haría posibles todas las otras virtudes. Para tomar nota.  

El gambito que está jugando Moscú con Occidente -no con Ucrania- implica, en el mejor de los casos un final en tablas, nuevamente bipolar, con Ucrania como la Alemania de posguerra, partida, neutral y con la capital bajo estatuto internacional pero en zona rusa; en el peor de los casos, un jaque mate para el mundo que hemos conocido.  

Es posible que suene tortuoso; pero estaba escrito hace mucho y es, en realidad, un mito oriental: que Moscú, como la tercera Roma, acabase con la Roma prostituida, que es Occidente y que alcanza desde la Silla del Vaticano hasta Hollywood. Está desde hace mil años en el pensamiento ortodoxo, luego en el paneslavismo, y en el desprecio a la libertad y a la «democracia burguesa» de Lenin, en el «centralismo democrático», en el golpe ruso contra Gorbachov del 91, en los planes de Serbia con Moscú en los 90s; y en la idea de Putin de transformación del mundo: lo ha dicho y escrito, abiertamente, repetidamente. 

Entonces, si a una mente aislada, y comprobadamente narcisista, que considera su lugar por encima del devenir de su propio pueblo, ¿no sólo el «fracaso» le da exactamente igual sino que lo tiene ya descontado? ¿Y si es lo que busca, como temen algunos expertos? 

Putin lleva 23 años apretando su tenaza de dominio, limpieza y transformación, sobre la sociedad rusa hasta haber eliminado toda diferencia; y una guerra es la situación única y excepcional para completar el proceso: el cierre completo de Rusia al mundo. El ejemplo albanés o cubano. 

Para ello necesitaría aún que todo resto de influencia occidental -las inversiones y empresas que se van- desaparezcan y la economía, sí, colapse y se refunde. Por demás, ningunas sanciones económicas han doblegado nunca a un dictador; a excepción del caso surafricano, que era un gobierno casi occidental. 

Al presidente ruso no le mueve la pauperización de su pueblo y menos aún el dolor ucraniano. ¿Puede estar buscando la vuelta completa a la autarquía? Sí, lo ha dicho ya: Rusia sola. ¿No le importa la huída de cerebros, de jóvenes que son el futuro? No, lo ve higiénico. ¿Y el rublo y los mercados? Lean al propio Putin: Descontados. Lleva tiempo hablando ya de «digitalizar» la economía con cripto-moneda para «protegerla» del mercado.  

Como hizo el presidente Slobodan Milósevic, Moscú podría conducir una economía, ya solo mediana, totalmente al margen de Occidente. En ese contexto deberían leerse sus objetivos «plenamente compartidos» con Pekín. Siguiendo el modelo serbio -que es el de Stalin de mover pueblos como fichas- está limpiando ya zonas enteras de Ucrania de su población y, de momento, se la está endosando a Europa. Ésa población, probablemente, no volverá ya nunca. 

Más allá de la estrategia de cortar a Ucrania por la mitad, y probablemente piense en el río Zbruch por historicismo, Putin necesita desestabilizar y humillar a Ucrania. Dejar una Ucrania «austrohúngara», esto es: Galicia, Volinia, Lodomeria y Bukovina; un paisito desnortado y probablemente embebido y radicalizado en busca de una nueva identidad. 

Y aquí lo esencial: Putin no quiere, de ningún modo, una democracia funcionante en un pueblo vecino y hermano. Quiere que la economía ucraniana desaparezca y por eso ataca sus centrales. Y si para eso tiene que colapsar y reinventar la rusa, mejor, pues Putin quiere otro sistema. Quiere que no haya inversores ni bancos extranjeros, ni Starbucks ni Zara ni Standard&Poors. 

No quiere una zona neutral ante la OTAN, como creen los ingenuos; Putin quiere un cinturón sanitario frente a la democracia: Que un vecindario sometido, kazajo, ucraniano, bielorruso, moldavo, proteja a la madre Rusia de veleidades democráticas. Que incluso polacos, húngaros y rumanos duden de la fortaleza y la necesariedad de una democracia, como ha avisado Anne Applebaum, que se cuestionen si derechos y libertades son, a la larga viables, y merecen el esfuerzo. 

Más aún, Moscú quiere meter tanta presión como pueda sobre las instituciones y electorados occidentales, especialmente sobre la UE y sobre la OTAN: hasta romperlas, si es posible. Le interesa mantener calientes las dictaduras en Siria, Venezuela, Cuba e Irán. Ante todo, quiere minar la influencia estadounidense en el mundo, como lo buscó con Trump. Putin anhela que la luz occidental, aún relacionada en gran parte del globo con el humanismo, la civilización y la prosperidad, se amortigue y se apague. 

Quiere que nuestro mundo desaparezca. 

A Putin, usted le molesta y no lo quiere ni ver; ni comprando ni vendiendo, ni visitando el Ermitage, ni tomando las aguas en el balneario de Sochi en el Mar Negro. 

El problema no está pues, como se dice, en que al presidente ruso le ofende que no le hayamos hecho más caso; el problema es que no le hacemos, realmente, más caso.  

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