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Cervantes. Cuatrocientos abriles después

Si alguna vez he tenido la más remota tentación de decantar mi ánimo hacia una misantropía duradera, o simplemente ha estado a punto de desconfiar de la humanidad, para llamarme al orden a mí mismo me basta con recordar que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es considerada con una unanimidad sorprendente la novela más hermosa y sublime que se ha escrito nunca. Que eso sea así, y no sólo en España –pues la obra cumbre de Miguel de Cervantes ocupa la cima o al menos un lugar muy alto en cualquiera de las listas que al respecto se han propuesto en los últimos doscientos años–, es algo que, francamente, habla muy bien de nuestra especie. Siempre habrá gente que prefiera a Kafka, o a Joyce, o a Beckett…, pero parece que, en general, tenemos remedio, y hay motivos para una esperanza razonable, como demuestra el prestigio invencible de ese libro lleno de luz, bondad y belleza, de ese descomunal homenaje a la libertad.

No soy cervantista y no domino la ingobernable bibliografía sobre ese “evangelio español” (como dijo Unamuno), y por tanto no sé si alguien ha estado de acuerdo conmigo en que una de las principales claves del libro está en ese momento final (cap. LXI de la segunda parte) en el que se nos explica que, al llegar a la playa de Barcelona, el anciano don Quijote, por primerísima vez en su vida, pudo contemplar el mar. Tengo para mí que, en ese renglón, que se deja caer como si tal cosa, Cervantes muestra una complicidad definitiva con su propia criatura y nos está explicando claramente que, en su opinión, aquel viejo hidalgo, loco o no, hizo muy bien en marcharse de su pueblo en busca de peligros y fatigas, como acaso deberíamos hacer todos, huyendo de comodidades y rutinas. Esa contemplación primera del mar es el impagable detalle que acaba de dar la razón al personaje, y una de las numerosas razones de que su modesta pero gloriosa alegoría siga vigente.

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