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Cervantes. Todo está por llegar

Lo siempre provechoso de los clásicos está en esa constante sorpresa de la obra. Cuando uno se asoma a un clásico, a la obra de un autor que sobrevive y sobrevivirá las exigencias de las modas y de los olvidos, tiene garantiza la experiencia del asombro, de la expectación, la despedida saludable de la indiferencia, para bien o para mal. Tiene garantizada la sensación reconfortante de saber que no ha perdido su tiempo en la lectura: que ha enriquecido su propia biografía con la de otros personajes, reales o extraños.

Los clásicos de la literatura tienen ese atributo que quiso Stendhal para novela: un espejo en el que nos vemos retratados. Y este espejo, esta minuciosa y justa descripción de nuestros yoes, es quizá lo más gratificante de acercarnos a una lectura universal y atemporal. El colofón del asunto es que, como hemos dicho, no es cosa de una sola ocasión. Sucede con insistencia, persiste en su intento. Es una sorpresa perpetua, una emoción rutinaria. Más lees la obra, más joyas encuentras en el mapa del tesoro literario. Joyas, digo, sin estrenar, no las ya conocidas en anteriores picoteos. Cervantes eleva, si es posible aún más, estas propuestas.

A Cervantes llegué tarde, como a casi todas las cosas importantes que me han sucedido. Llegué tarde y aún no me he ido. Sigo en él. Con él. Porque Cervantes, al igual que el resto de clásicos, tiene eso: por más que lo leas siempre tendrás algo nuevo que descubrir, que investigar, que aprender, que conocer. Eso es lo que lo hace aún más inalcanzable, aún más excelente y genio. Cervantes no solo fue, no solo es, El Quijote o Rinconete y Cortadillo. Cervantes también es la incesante y deslumbrante novedad de lo ya pasado, leído en este caso. La seguridad de que todo está por llegar. Por hacer. A pesar de haber manoseado, incrédulo, las llagas de su resurrección.

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