Antonio García Maldonado

¿Chalecos amarillos futbolísticos?

«Una polémica que ha vuelto a recordarnos cómo las grandes capitales, insertas en las principales dinámicas globales, han dejado de representar a sus países»

Opinión

¿Chalecos amarillos futbolísticos?
Foto: SERGIO PEREZ| Reuters
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

De la, por el momento, fallida Superliga impulsada por Florentino Pérez y el Real Madrid y otros grandes clubes europeos, se ha dicho ya casi todo. A favor, pero, sobre todo, en contra: se trataría de otra muestra de escisión de las élites de la que tanto se hablado en los últimos años, o un capítulo nuevo de la vieja historia que nos dice que quien tiene el dinero –o el escatérgoris– pone las reglas. Hay razón en todos los diagnósticos, aunque no carecen de argumentos aquellos que matizan que la espectacularización del fútbol y otros deportes, así como el dominio del dinero en las distintas competiciones, no son nada nuevo: ahí está Piqué tuiteando con una mano que el fútbol es de los fans y con la otra organizando torneos de tenis elitistas al margen de la organización profesional del gremio. Quizá sea esto, precisamente, lo que llevó a los impulsores de la Superliga a un razonamiento alejado del momento histórico preciso, aunque en consonancia con la deriva del fútbol de las últimas décadas: la decisión que vamos a tomar es otra más de un camino que llevaba hasta aquí y ante el que no habíamos recibido demasiadas quejas, ¿cuál es la sorpresa?

Seguramente opera aquí la cualidad del fútbol sobre otros deportes, su naturaleza social más que deportiva. Como decía en una conocida escena el personaje borrachín de la película El secreto de sus ojos al hablar con su amigo, junto al que ha de dar caza a un delincuente, era necesario buscarlo en el estadio del Racing de Avellaneda, porque, aludiendo a su condición de forofo del equipo, «el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia… de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín… no puede cambiar… de pasión». Hay algo irracional en el fútbol muy extendido socialmente que da la razón a la máxima senequista de quien fuera entrenador del Real Madrid Vujadin Boskov: «Fútbol es fútbol». Hasta ahora, pese a todo, se mantenía cierta ficción meritocrática, y ahí estaban los descensos de equipos grandes –el caso de River Plate fue un drama para muchos en Argentina– o las grandes ligas conquistadas por equipos en principio menores –caso del Leicester en Inglaterra hace pocos años, o el Super Dépor en España en los 90–. O las competiciones como la Copa del Rey, el torneo del caos, como se la conoce, que cada año alumbra tantas sorpresas ingratas para los grandes como felicidad compartida para equipos humildes de zonas olvidadas que galvanizan la alegría de una afición local acostumbrada a las penurias. No se trata de renunciar al espectáculo para recuperar una autenticidad que no era tal hasta la semana pasada, pero sí de mantener cierto equilibrio entre ambas que la Superliga, de facto y pese a promesas, suprimía.

Una polémica que también ha vuelto a recordarnos cómo las grandes capitales, insertas en las principales dinámicas globales, han dejado de representar a sus países. Estas grandes ciudades juegan en otra liga, suele decirse, y en consecuencia sus equipos de fútbol piden una Superliga también distinta. Ahí están esos seguidores acérrimos del Barcelona, el Milán o el Real Madrid en Colombia, Kenia o China. Sucede que vivimos en un tiempo de contestación y hartazgo de esas dinámicas globales, y es lo que Florentino y sus socios no han sabido o querido ver. Si se acabarán imponiendo en una hipotética segunda parte, está por verse, pero lo cierto es que se han ido al descanso con un contundente marcador en contra. Y yo, debo decirlo, me alegro. Aunque ya no vea fútbol. O quizá por eso, y ese sea el problema.

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