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China y las aceitunas negras. Efectos del proteccionismo de Trump

Foto: Evan Vucci | AP

Las alarmas se han disparado. La guerra arancelaria abierta por Donald Trump contra sus aliados además de sus habituales enemigos comerciales y el reciente fracaso de la cumbre del G-7 en Canadá han abierto nada más y nada menos que el debate sobre la supervivencia del orden mundial surgido de la II Guerra Mundial: la democracia, la defensa de las sociedades plurales y abiertas, el libre mercado y el cumplimiento de los acuerdos multilaterales (pacta sunt servanda). Académicos, políticos, columnistas y analistas se preguntan estos días si el America First de Trump, escenificado crudamente en el enfrentamiento que ha protagonizado con sus socios estratégicos del G-7, puede mandar al traste al equilibrio de fuerzas que ha permitido la hegemonía de esos valores en el mundo occidental. Desafiado desde fuera por líderes autoritarios como Putin, Xi, Erdogan o Kim y desde dentro por los movimientos populistas a la derecha y a la izquierda, el viejo orden mundial debe hacer además frente al reto de cómo responder al aislacionismo y el proteccionismo agresivo de los Estados Unidos de Trump. ¿Cómo entender que el aliado que en su día fue el gran artífice de ese mismo orden pueda querer hoy ponerlo contra las cuerdas?

No hay mucho margen para el optimismo pero el recuperado protagonismo de la Organización Mundial de Comercio (OMC) puede indicar que hay instituciones multilaterales que aún tienen un importante papel que jugar cuando las cosas se ponen verdaderamente feas. Y eso es esperanzador. Paradójicamente, la guerra comercial que ha abierto el presidente estadounidense en nombre de la “seguridad nacional”, ha conseguido resucitar a la moribunda organización, guardiana del equilibrio y la equidad del sistema de comercio multilateral y máximo árbitro (legitimado por los 164 países firmantes) en los conflictos comerciales internacionales.

La institución, que tardó 50 años en alcanzar el mismo estatus que sus hermanas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, nacidas de los Acuerdos de Bretton Woods (1944) y máximos exponentes del orden económico mundial ahora desafiado, había perdido peso en la última década a causa de los megacuerdos regionales, con el Pacífico y con Europa (TTP y TTIP), promovidos estratégicamente por Barack Obama en sus mandatos para contrarrestar el creciente poder comercial de China y la India. Sus reglas e incluso sus propios mecanismos para mediar en conflictos habían sustituido a las de la organización multilateral. Trump fue por cierto también el encargado de poner fin a esos acuerdos nada más llegar a la presidencia. Y ahora contra todos, sin distinguir entre los rivales o los aliados comerciales estratégicos, como México, la UE o Canadá, Washington ha devuelto a la OMC su perdido papel.

Las oficinas de su Órgano para la Solución de Diferencias deben andar bastante desbordadas ante el aluvión de casos abiertos por los países perjudicados por la política proteccionista de Trump. Y más que se abrirán si, como todo parece indicar, las relaciones comerciales parecen abocadas a entrar en una irresponsable espiral de agresiones y represalias con efectos negativos en el aún frágil y desigual crecimiento económico mundial.

La Unión Europea acaba de elevar una queja ante el citado órgano por la subida al 25% de los aranceles que aplica EEUU al acero europeo y por el incremento al 10% de los del aluminio. Bruselas, en represalia, ha anunciado que impondrá aranceles del 25% a productos icónicos estadounidenses, como las motocicletas Harley Davidson, el whisky bourbon, los vaqueros de Levi’s, algunas marcas de cigarrillos, el zumo de grosella, o la famosa peanut butter. Muchos de ellos producidos en territorios afines a Trump. De concretarse esta amenaza, es de esperar que EEUU eleve su queja particular ante la OMC.

China ya ha presentado ante la misma sendos casos contra los aranceles al acero y aluminio impuestos por Trump y contra la subida de los mismos a distintos productos chinos por valor de 50.000 millones de dólares. Pekín ya ha respondido anunciando que aumentará al 25% los aranceles de 106 productos estadounidenses por el mismo importe. Canadá, que junto a México está renegociando el acuerdo de NAFTA con EEUU, también ha anunciado que recurrirá a la OMC por la subida de aranceles a su acero. Es de esperar que España (los países de la UE pueden presentar casos individualmente o bajo el paraguas común) salga en defensa de las aceitunas negras, cuyo impuesto a la importación se ha disparado al 37,8%, lo que supone bloquear de facto su entrada al mercado estadounidense. Y esto no ha hecho más que empezar. La preguntará del millón es ¿qué hará Trump si la OMC decide sancionar a EEUU? ¿Deslegitimará también su acción? ¿America Alone?.

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