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Chivos expiatorios

"Distinto es el portador del coronavirus, donde la distancia social no es sólo una medida higiénica sino, también, un señalamiento inconsciente"

Foto: Michael Probst | AP

En lo que llevamos de cuarentena se ha citado a menudo el libro de Susan SontagLa enfermedad y sus metáforas, que trata del espectro del cáncer y las reacciones psicológicas, políticas y sociales que despierta su presencia. Algunas, aunque sea tímidamente, están aquí ahora; otras quizá lleguen, o no. Pero aunque Sontag escriba sobre la atribución al enfermo de la potestad de serlo –o la creencia de los ‘sanos’ en la elección del ‘enfermo’ a enfermar–, no existe en el cáncer posibilidad de contagio. Por tanto, tampoco de señalamiento expiatorio: su portador no es un inmediato peligro para los demás.

Distinto es el portador del coronavirus, donde la distancia social no es sólo una medida higiénica sino, también, un señalamiento inconsciente. Nadie piensa ‘yo soy el mal’; en cambio todos pueden pensar ‘el mal es el otro’. Y empieza a ocurrir en nuestro país lo que ha ocurrido a menudo en otras grandes crisis en todo el mundo: la búsqueda del chivo expiatorio para que cumpla su función, como la cumplen pan y circo en tiempos de bonanza. De momento el asunto se encuentra en estado de larva, pero ya ha comenzado a sacar cabeza y el proceso es el mismo que en cualquier tribu o sociedad primitivas.

Edipo fue acusado de haber provocado la epidemia que se abatía sobre Tebas y lo expulsaron de la ciudad. Había matado a su padre y se había casado con su madre, pero la doble transgresión del orden natural no bastó. Fue la epidemia que cayó sobre Tebas, vista como consecuencia de ambos crímenes, lo que se esgrimió para su destierro. Edipo, culpable. Y el modo tebano, en esta otra epidemia de ahora, lo estamos importando en dos modalidades para desviar la maldición de su origen, si la tuviere. O los errores cometidos, que también.

La primera es la propuesta de aislamiento del portador asintomático y su encierro con otros de su misma especie: lejos de su familia y de su sociedad, más lejos aún de lo lejos que se está ahora, confinado en casa. Pabellones de asintomáticos. Pabellones de sospechosos. Pabellones de chivos expiatorios. Surgió la semana pasada en el gabinete de crisis, en paralelo a su exposición en Austria. Había que crear residencias donde recluir a los asintomáticos para que no contagien al resto de la sociedad, se dijo. Y para estudiarlos, se añadió. La distopía estaba servida: agentes del orden protegidos por epis y armados de pistolas láser, recogiendo de casa en casa a los apestados. Unos apestados que, encima, tienen la desfachatez de no aparentarlo, ni padecer las fatales consecuencias de la enfermedad. Bombas biológicas, los han llamado, para las que se ideó –no hace ni diez días– un capítulo más de la fantasía orwelliana por no hablar del fantasma de los campos. Duró poco, menos mal. No sabemos si hubo una llamada de Bruselas, del Vaticano, o del Club Bilderberg, recordando la relación entre democracia y derechos humanos o qué, pero al día siguiente lo empezaron a disfrazar de voluntariedad y de acogimiento para los que no tuvieran donde ir y a diluirlo descafeinada y solidariamente. La solidaridad como bálsamo. Pero ahí está: repasen telediarios y verán. Que no resucite.

La otra modalidad es el objetivo segunda residencia, un término ya en sí algo pretencioso e irritante, que va como anillo al dedo para despertar la inquina. Por segunda y, sobre todo, por residencia, como si se tratara de Dinastía o de Falcon Crest. Hace unos días podía leerse este titular: ‘88 familias cazadas por los Mossos intentando escapar a su segunda residencia’. El peligro no estaba en la multa, que ya es; el peligro estaba en el término cinegético. Cazados. Y lo de escapar le daba una atmósfera como de campo de tiro. Mal vamos, pensé. Si a eso le sumamos las barreras de hormigón o plástico que han puesto a la entrada de algunos pueblos y a los alcaldes que TVE –desde luego no inocentemente– ha expuesto soltando amenazas y exigencias de que ningún ajeno pisara su pueblo, volvemos a lo mismo: a los tiempos de Edipo, a la Edad de la Peste Negra.

Porque una cosa es un apartamento en Torrevieja o Benidorm y otra las casas de familia en el campo, tantas veces mejores que los pisos urbanos donde se vive entre semana por cuestiones laborales. Y donde se pasa una parte del año superior en duración a la que se pasa en el piso de la ciudad. Nada de esto ha contemplado el decreto de alarma y hubiera podido. Restar movilidad, sí, pero elegir dónde, no: aquí te pillo y aquí te enfermas. La cultura del enraizamiento ha desaparecido y se ha tachado de segunda residencia lo que stricto sensu no lo es, convirtiendo la expresión en un cul de sac donde todo cabe: la vida en suspenso. Adiós al nuevo Decamerón y a los nuevos Cuentos de Canterbury... Mientras, se grita contra el paseante con perro o bolsa de basura desde algunos balcones y se confunde la obligación de quedarse en casa con una forma de heroicidad (si Ulises o David levantaran la cabeza…). Como esto dure mucho –y va a durar–, mejor no pensar en lo que vamos a llegar a oír.

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