Antonio Orejudo

Chucuchucuchú

En el siglo XIX el tren suscitó discusiones parecidas a las que mantenemos hoy sobre los límites del desarrollo económico y de la industria humana...

Opinión

Chucuchucuchú

En el siglo XIX el tren suscitó discusiones parecidas a las que mantenemos hoy sobre los límites del desarrollo económico y de la industria humana…

En el siglo XIX el tren suscitó discusiones parecidas a las que mantenemos hoy sobre los límites del desarrollo económico y de la industria humana. En las películas del Oeste que veía de niño, el ferrocarril aparecía siempre como una bestia ciega que arrasaba la naturaleza y las reservas de los indios en nombre del progreso. El ferrocarril era el símbolo del capitalismo salvaje.

Con el tiempo, el tren ha ido domesticándose hasta convertirse en todo lo contrario, en un animal amable, limpio y democrático. El medio de transporte que hoy simboliza el capitalismo no es el ferrocarril, sino el automóvil. Su fabricación y las exigencias que demanda su desarrollo constituyen una de las columnas vertebrales de nuestro modo de vida.

De hecho, el tren es el gran enemigo del coche. Una tupida red ferroviaria, unos trenes confortables y un horario pensado para servir al público y no para hacer negocio harían innecesarias las inversiones en autopistas de peaje y convertiría al automóvil en lo que es, una máquina sucia, pesada y costosa de mantener con su dependencia del petróleo.

Cómo no pensar que detrás de las políticas antiferroviarias se esconden los intereses de las constructoras y del poderoso lobby de los hidrocarburos. De hecho, los países comprometidos de verdad con el bienestar de sus ciudadanos suelen tener un excelente servicio de trenes. Por el contrario, los que ceden con más facilidad a las presiones del poder económico han acabado con este medio de transporte.

España tuvo un magnífico servicio ferroviario que ha sido desmantelado. Nuestros políticos han olvidado el tren en beneficio del avión y por supuesto del automóvil. Y cuando han decidido invertir en él ha sido para hacerlo más caro y menos democrático. En la neolengua del Gobierno, la frase «Renfe seguirá siendo un operador público» significa que ya se han iniciado los trámites para privatizarla, es decir para que el tren vuelva a convertirse en una bestia inhumana.

 

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