Ignacio Vidal-Folch

Chuky y Messi

«Eso que dicen los cursis de que todos tenemos un niño interior al que tenemos que cuidar es FALSO. Lo que habita en el interior de cada uno de nosotros es un muñeco diabólico»

Opinión

Chuky y Messi
Foto: YVES HERMAN| Reuters
Ignacio Vidal-Folch

Ignacio Vidal-Folch

Nacido en Barcelona en 1956, escribe artículos para la prensa y ficciones. Su último libro publicado es la novela 'Pronto seremos felices'.

Desde hace unos días, Chuky, el muñeco diabólico que habita en mí, ha desaparecido misteriosamente …

Como saben mis lectores, yo sostengo que eso que dicen los cursis de que todos tenemos un niño interior al que tenemos que cuidar, es FALSO. Lo que habita en el interior de cada uno de nosotros es un muñeco diabólico.

El mío se llama Chuky, viste un chaqué de felpa verde, chaleco y plastrón; fuma hediondos Farias. Físicamente se parece un poquito al ex político Monedero, y suele estar de mal humor.

Bien, desde que Chuky desapareció misteriosamente, yo tengo que mantener el orden en casa y vigilar y alimentar a esas marionetas degeneradas, Rockefeller, Monchito y Macario, que adopté en un arrebato de compasión y caridad, a instancias, precisamente, de Chuky, cuando su padre y señor, el ventrílocuo José Luis Moreno, fue detenido por una serie de delitos de los que espero que salga con su nombre más limpio que lo está el sol, declarado inocentísimo por los jueces.

¿Dónde se habrá metido Chuky?… La única pista que tengo es una tarjeta postal que recibí hace unos días, en que se ve la torre Eiffel y en el reverso, un mensaje que dice: «Lionel me exige la máxima confidencialidad. No me busques, es inútil, jamás adivinarías dónde estoy. Con cariño, Chuky».

Al día siguiente, recibí otra postal con la fachada del hotel George V y un texto que dice: «Reza por mí. Creo que me estoy enamorando de Antonella. Es un amor imposible, porque ella está loca por su maldito Lionel y volcada en sus hijos, Thiago, Mateo y Ciro, malditos sean. Chuky».

Todo esto me ha hecho deducir que Chuky se ha incrustado en el séquito de Messi, el astro del fútbol que acaba de fichar por el Paris Saint Germain por un sueldo de 40 millones de euros al año. ¿Cómo lo habrá conseguido? Y yo, mientras tanto, cuidando de esas tres marionetas que se van volviendo cada día más impertinentes y revoltosas.

Sí, Rockefeller, Macario y Monchito son de la piel del diablo. Maleducados. Respondones. Malignos. Siempre sacándome defectos. Siempre descontentos con la comida que les sirvo. Siempre queriendo poner en la tele «La isla de las tentaciones». Siempre comparándome con José Luis Moreno y diciéndome que él les trataba mejor, y que él sí que es inteligente, listo y gracioso.

Y lo peor de todo: ¡pirómanos! El otro día los llevé a dar un paseo por el parque de Monterolas y me descuidé un momento, apartándome tras un árbol para darle unos tientos a la petaca, que llevo siempre llena de ratafía para momentos como aquel, momentos en que siento que la fealdad y la miseria del mundo me abaten y ya no puedo más. Y al volver, ya aliviado con el falso consuelo del colocón… me encontré a las tres marionetas riéndose demoníacamente ante una zarza en llamas. Le habían prendido fuego y estaban disfrutando del espectáculo.

– ¡Qué bonitos son los incendios! –dijo Monchito.

– ¿Qué más podríamos quemar ahora? –preguntó Rockefeller.

– ¡Busquemos a un moro o a un maricón, y lo convertimos en antorcha humana! –sugirió Macario, muy ilusionado.

Sí, así de contradictoria es mi vida: yo, un liberal popperiano, aunque con tendencias social-democráticas, feminista por convicción, tolerante, creyente en el lenguaje inclusivo (¡aunque no practicante! ¡hasta ahí podía llegar con la santurronería!), tengo que verme en estas compañías bárbaras, pre-humanas, que me mortifican y avergüenzan.

Para arrancarlos de allí antes de que llegara la policía tuve que sobornarlos:

– Vamos, chicos, vámonos para casa, que os tengo preparada la merienda –dije.

– ¿Qué clase de merienda? –preguntó Rockefeller, desconfiado.

– Yo quiero un Frigolat y un bocata de chopped –dijo Monchito, en el tono más exigente.

– ¡Tonto, que Frigolat ya no existe! –se burló Macario.

– ¡Mejor que eso! –dije-. ¡Galletas Chiquilín con Nocilla!

– ¡Olé, olé!

El fuego se había difundido hasta los pinos cercanos, se oía el ulular lancinante de sirenas lejanas, y nos alejamos apresuradamente de aquella zona ardorosa del parque. ¿Qué otra cosa podía yo hacer? ¿Mear contra las llamas, acaso? Dado el nivel de alcohol en mi organismo, sólo hubiera conseguido avivar el incendio y provocar una catástrofe: reducir la ciudad de Barcelona a una tea colosal.

Al llegar a casa, los muñecos, muertos de cansancio con tantas emociones, se fueron a sus literas para hacer la siesta, y yo me fui al salón y me encontré una sorpresa: Chuky había vuelto.

Estaba sentado en el sofá, en pose algo lánguida, la sien apoyada en la mano. Delante suyo tenía un maletín y un enorme trofeo de plata: una Copa del mundo de fútbol, con sus grandes y características asas.

– Caramba, Chuky, no sabía que te gusta el fútbol –le dije–. Lo tenías bien escondido.

– No te equivoques, Ignacio –me respondió.- Para mí, el fútbol es el opio del pueblo, y un sucedáneo de pegamento social: sirve para que los señoritos tengan algún tema del que hablar con la chusma, y para que la chusma experimente algún sentido de pertenencia a una comunidad (una comunidad en realidad inexistente) y una ilusión de combate incruento contra la tribu de enfrente. Puro infantilismo.

– Estamos de acuerdo. Pero, entonces, esa copa de plata…

– Es que en el fútbol hay algo que está por encima del mismo fútbol, Ignacio.

– Te refieres a Messi, ¿verdad? El mejor delantero de todos los tiempos.

– No. Me refiero a su mujer.

Esta declaración me dejó mudo. Chuky, en el tono más melancólico que pueda imaginarse, musitó:

– Ah, Ignacio, si tú supieras lo maravillosa que es Antonella…

– Sí, imagino que es una buena esposa.

– Buenísima.

– Y buena madre de sus hijos.

– Buenísima.

– Y debe de ser una buena persona.

– Buenísima.

– Y además…

– ¡Que sí, que te digo que está buenísima! ¡Unas tetas que enamoran! ¡Y ese culito tan redondito me hace llorar de amor por la punta de…!

– ¡Estás enfermo, Chuky! –le interrumpí, asqueado–. Estos comentarios sexistas cosifican a la mujer y la degradan y son inaceptables.

– Pero bueno, no te lo tomes así, hombre. Cur in amicorum vitiis tam cernis acutum?  ¿Por qué jugas tan incisivamente los vicios de tus amigos? No me seas tan gazmoño y filisteo…

– Y tú no me vengas con tus malditos latinajos. Ya sé que estuviste en el Seminario.

– Sí… aquellos fueron los buenos tiempos.

– Por algo te echaron. Sólo espero que, por lo menos en París tu vulgaridad no me haya hecho quedar mal con Messi y su entorno.

– Descuida. No pude hacerle muchos avances a Antonella. Yo contaba con aprovechar los domingos en que hay partido para dedicarlos a ella, a disfrutar de nuestro amor, pero pronto comprendí que en realidad esa virgen glacial no siente nada por mí, y no tenía posibilidades.

En esas, las marionetas de José Luis Moreno se habían despertado de la siesta y se pusieron a armar alboroto con los cacharros de la cocina, fingiendo que eran una batería, y gritaban «¡queremos merendar, queremos merendar! ¡Tú nos has prometido Nocilla y Chiquilín!»

– No puedo con estos monstruos –suspiré-. Son un incordio permanente. Estoy por llevarlos a la inclusa.

– ¿Para qué perder tiempo? –preguntó Chuky-. Abre los grifos de la bañera y pon el tapón, que se llene de agua. De lo demás me encargo yo.

– ¿Qué piensas hacer, Chuky?

– Ya verás. A grandes males, grandes remedios.

Así lo hice. El muñeco diabólico agarró a las tres marionetas por el cuello, les dijo que ahora mismo les iba a dar su merienda, y tras indicarme que me sentase a esperar tranquilamente en el salón y que pusiera la música muy alta, se encerró en el cuarto de baño. Así lo hice. Oí, por la parte del baño, unos grititos sordos, unas súplicas ahogadas… Pero yo sólo oía esa pieza de Bach tan bonita, Ich Habe genug; por supuesto, en la versión de Herrewhege, que, para mí, es el mejor de los mejores, por lo menos en las «Cantatas».

Chuky regresó al cabo de cinco minutos, horriblemente despeinado, los ojos desorbitados e inyectado en sangre, empapados los brazos del chaqué hasta los codos.

– Problema resuelto –dijo-. Esos malditos no volverán a incordiarnos. Luego los tiraré a la basura.

– Sobre todo, Chuky, sé cívico: échalos al contenedor marrón, el de materia orgánica.

– Descuida…. ¿Y… de qué estábamos hablando?

– Decías que te colaste en el entorno de Messi y que has estado todos estos días con él, en París.

– Sí, aprovechando un despiste me colé en su jet privado y me puse a hacer monerías, así que le caí simpático a los niños, y me permitieron quedarme con ellos, en el hotel George V.

– ¿Como una especie de mascota?

– Más bien como un enano en la corte de los Austria.

– Estupendo. ¿Y pudiste escuchar algo de lo que decía Messi? Recuerda que soy periodista, y cualquier información sobre este tema vale oro. ¿Sabes si el gran futbolista añora Barcelona?

– Sí, claro, la añora mucho. Recuerdo que una noche, para consolarle, Antonella dijo: «Mira, Lionel, tómatelo así: ahora se cierra una etapa maravillosa, pero se abre un nuevo capítulo lleno de oportunidades. Todos los cambios son difíciles al principio, pero juntos vamos a seguir escribiendo nuestra historia».

– Caramba, qué palabras más sensatas. Parece una chica muy centrada, con mucho fundamento.

– Ya te he dicho que es maravillosa. Y que tiene unas t…

– Ahórrame, por favor, tus groserías. Y dime: ¿qué respondió Messi?

– Pues Messi respondió: «Tienes razón, cariño. El club París Saint-Germain y su visión están en perfecta armonía con mis ambiciones. Sé lo talentosos que son los jugadores. Estoy decidido a construir, junto a ellos, algo grande para el Club y para la afición». Y yo apostillé: «Esa es la actitud correcta, don Lionel. Cuente conmigo para apoyarle en esa determinación».

– Muy bien, Chuky. Ya veo que, aunque Antonella te guste, cuando constataste lo mucho que se quiere con su marido, y comprendiste que no tenías nada que hacer en ese aspecto, diste un paso atrás y mantuviste oculto tu amor en el sagrario de tu corazón, para no meter una plancha y salir de esa aventura escaldado. Y ¿sabes qué? Creo que hiciste bien, pues no hay en la vida papel tan desairado como el del galán indeseado y pelma que va babeando detrás de una mujer.

– Sí. Exactamente. Por eso disimulé y me limitaba a buscar sus braguitas en el cesto de la ropa sucia.

– ¿Las braguitas de Antonella?

– Ajá.

– ¿Y para qué las buscabas?

– ¡Toma, para olisquearlas!

– ¡Chuky, eres repulsivo!

– …Créeme: olían a paraíso. Una vez tuve mucha suerte y me encontré un pelo rizadito. Lo conservo como un tesoro. Lo he metido en un relicario. Sólo me permito lamerlo los domingos y otras fiestas de guardar…

– ¡Basta, basta, depravado, miserable!

– … pero, como tú has dicho, antes de meter una plancha preferí retirarme del campo de batalla amoroso. Así que una noche me metí en cada bolsillo una braguita de Antonella; agarré un trofeo de la colección de Messi, una copa del mundo que ya sé que no sirve para nada, pero tiene un valor sentimental -y, además, así los jodo un poco-, me fui al aeropuerto, todo el trayecto en taxi llorando, viendo desfilar los edificios del París de Haussman, y tomé el primer avión de vuelta a Barcelona.

– Bueno, bienvenido a casa. ¿Y qué llevas en ese maletín?

– ¿En el maletín? Verás: una mañana en que yo estaba solo, porque Lionel, Antonella y los niños se habían ido a cenar unas pizzas, se presentó en nuestras habitaciones del George V un jeque barbudo, con kefia y chilaba, cargando este maletín; me encargó que se lo entregase al papá de Messi. Lleva dentro la paga de la primera mensualidad de Lionel como jugador del París Saint-Germain: tres millones y medio de euros, descontados los impuestos. Ahora son nuestros. Eres rico, Ignacio.

Abrí el maletín y en efecto, estaba lleno de gruesos fajos de billetes de banco. Estuve unos momentos ensimismado. Luego volví a cerrarlo, y le dije:

– Como comprenderás, no puedo aceptarlo. Este dinero es fruto de una mala acción y yo soy, en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno.

– Ignacio, piénsalo bien. Tiene razón el clásico cuando dice que «Divitiae mutant mores, sed raro in meliores», o sea: la riqueza cambia las costumbres, aunque rara vez a mejor; pero, aún así, ser ricos no nos hará tampoco ser peores. ¿No te parece? Quedémonos con el dinero del maldito Messi.

– No. La decisión está tomada. Así que mañana llevarás este maletín a Cáritas y les dirás que es un regalo de un pecador arrepentido.

– Lo que tú digas –respondió, encogiéndose de hombros.— Barbarus hic tu es que non intellegor nulli. O sea, aquí eres un bárbaro al que nadie entiende. Habrás reconocido, por supuesto, la paráfrasis de Ovidio en las Tristia.

– Claro, claro.

Odio sus latinajos. Pero además, no soporto la posibilidad de que el maldito muñeco pueda creer que voy a ponerme en posición de deberle favores. ¡Esa fortuna, a Caritas! Yo no vendo mi independencia y mi honestidad por menos de seis millones. O de cinco y medio. De cinco.

Más de este autor

Sobre las cartas de Proust, Canetti, Gide…

«La correspondencia suele tener un no sé qué atractivo, muy particular, como si fuera una escritura más íntima, ¿no es así?, aun en los casos en que es protocolaria o interesada»

Opinión

Más en El Subjetivo