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Ciclo europeo

"Con la victoria del trumpista Farage, tal vez el Brexit empiece a ser también la noticia menos mala para los ciudadanos de la Unión"

Foto: Hannah Mckay | Reuters

Hace algo más de un mes viajé con un grupo de periodistas a Estrasburgo. La expedición la organizaba la oficina del Parlamento Europeo en Barcelona con motivo del último pleno de la legislatura. Si algo tenían claro los eurodiputados con los que nos reunimos era que la fragmentación partidista llegaría también, como la tormenta que anuncia el cielo, a Bruselas. No hacía falta ser visionario ni politólogo para intuirlo. Digamos que la dinámica de la UE no puede ser distinta de la que se ha convertido en norma en los respectivos parlamentos nacionales dificultando tanto la gobernabilidad. Así pues la mayoría clásica, que tradicionalmente han sumado socialdemócratas y democratacristianos, no parecía que pudiera volver a repetirse. Sobre este punto, pues, pocas dudas.

Desgastados esos fundamentos, que son los fundacionales, se estaba a la expectativa para determinar por donde iba a ser más fuerte la fractura. La más peligrosa para el mantenimiento del proyecto, sin duda, era la que propagan las extremas derechas cuya proclamada estrategia es la desinstitucionalización de la UE desde dentro. Pero el boquete nacionalpopulista, que ha sido importante y que es preocupante (Le Pen y Salvini, el este nacionalcatólico), podrá contenerse si los líderes europeos (sobre todo Merkel y Macron, pero también Sánchez) actúan con responsabilidad y apuestan por una Comisión donde pesen más las políticas impulsadas por los socialistas del sur y los verdes del norte. Una coyuntura crítica podría abrir un nuevo ciclo.

En Estrasburgo, naturalmente, se hablaba de las próximas elecciones pero el tema de conversación dominante era el Brexit del demonio. Porque si a la de cuatro los comunes validaban el acuerdo en Westminster, derrotados por tanto estrés que polariza el Parlamento, su sociedad y la unidad territorial, se convocaría un pleno extraordinario en Bruselas. No ha ocurrido. El laberinto, como la vida, sigue igual. El jueves se celebraron elecciones europeas en el Reino Unido y solo han servido para que el Brexit, como un Midas de la antipolítica, siga convirtiendo en fracaso todo lo que toca. No solo ha acabado con la primera ministra, cuyo fracaso ha sido indiscutible, sino también a los partidos clásicos y en especial a unos toris cuyo futuro inmediato se lo van a jugar sí o sí en una ruleta rusa. Llegados a este punto, con la victoria del trumpista Farage (ahora el segundo partido nacional en el Parlamento Europeo), tal vez el Brexit empiece a ser también la noticia menos mala para los ciudadanos de la Unión. La despedida de los diputados británicos, efectiva cuando la fractura sea definitiva, al menos rebajará la influencia de la extrema derecha y facilitará también que pueda avanzarse en esenuevo ciclo europeo.

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