Ernesto Baltar

Cien años de Bufalino

«La peripecia de su descubrimiento como escritor es una de esas extrañas carambolas del mundo editorial capaces de alterar el rumbo de la literatura»

Opinión

Cien años de Bufalino
Foto: Anagrama

Hace hoy cien años, el 15 de noviembre de 1920, nacía en Comiso (Sicilia) uno de los escritores más brillantes, profundos y asombrosos del siglo XX: Gesualdo Bufalino. Quizá el estilo barroco de su prosa, repleto de metáforas y guiños literarios, de imágenes deslumbrantes, referencias eruditas y figuras retóricas, no sea apto para todos los estómagos, pero consigue transmitir una hondura metafísica y una emoción estética que pocas veces se alcanza.

La peripecia de su descubrimiento como escritor es una de esas extrañas carambolas del mundo editorial capaces de alterar el rumbo de la literatura. Después de una vida discreta y tranquila como profesor de instituto, sin haber publicado ningún libro y sin haber salido prácticamente nunca de su pueblo natal, Bufalino irrumpió de manera atronadora en la escena cultural en 1981, a los 60 años, con la novela Perorata del apestado, que ganó el Premio Campello.

Bufalino había empezado a trabajar en esta obra varias décadas antes, al terminar la Segunda Guerra Mundial, y fue retomando la redacción en distintos momentos de su vida. En el Fondo de Manuscritos de la Universidad de Pavía se conserva el material preparatorio de la novela, un complejo corpus de manuscritos y dactiloscritos con al menos siete versiones sucesivas. Es probable que Bufalino hubiera prolongado hasta su muerte esta labor de construcción de una opus perpetuum, puliendo y retocando los textos una y otra vez, recluido en el silencio y la oscuridad, si una sucesión de casualidades no hubiera despertado el olfato literario de Leonardo Sciascia.

En 1977 Bufalino escribió la introducción a un libro de fotografías antiguas publicado por la editorial Sellerio con el título de Comiso ayer. Se trataba de una pequeña publicación, de factura modesta, destinada al público local: una galería de retratos y escenas de finales del siglo XIX y principios del XX, una colección de tipos sociales y fragmentos de la vida cotidiana de esta región de Sicilia.

Las fotografías las habían encontrado casualmente Bufalino y su amigo Giocchino Iacono en la casa de campo de éste, guardadas en un baúl que había permanecido oculto en un falso techo. Eran más de cuatrocientas fotografías que había tomado el abuelo de Giocchino, aficionado al arte del magnesio en aquella época de técnicas aún manuales, y a ellas se unieron otras imágenes que fueron encontrando de otros fotógrafos amateurs de la misma época. El casi centenar de instantáneas que escogieron para el libro servían como crónica familiar y registro histórico de las costumbres de la zona, con su muestrario de tradiciones, fiestas, vestidos, lugares de reunión, profesiones, etc.

El caso es que la calidad literaria del texto introductorio de Bufalino a ese volumen fotográfico llamó poderosamente la atención de la editora Elvira Sellerio y del escritor Leonardo Sciascia, que percibieron en aquellas páginas el pulso narrativo de un escritor de raza y mostraron interés por poner voz y cara a aquel autor desconocido. Primero contactó con él Sciascia, que le preguntó si guardaba en sus cajones alguna novela inédita. Reticente a exponer sus escritos en público, Bufalino le dijo que no, aunque sí le habló de una traducción que tenía terminada de Le Controrime de Paul-Jean Toulet, que la editorial se aprestó a publicar. En una llamada posterior, ante la insistencia casi suplicante de Elvira Sellerio, Bufalino –«un poco por galantería, un poco porque en todo escritor privado late un vanidoso que desea verse impreso»– reconoció la existencia de una novela concluida: Diceria dell’untore, para la cual Joaquín Jordá, en su magnífica traducción al castellano, escogería el título de Perorata del apestado.

El éxito de la novela fue inmediato y unánime: tanto la crítica como el público se rindieron a la revelación tardía de aquel escritor inédito, y los premios lo revalidaron. A partir de aquel súbito descubrimiento y hasta su trágica muerte en accidente de tráfico en 1996, las publicaciones se sucedieron de manera vertiginosa. La carrera literaria oficial o pública de Bufalino duró apenas quince años, pero superó la quincena de títulos. Su obra completa, recogida en dos volúmenes por la editorial Bompiani, ocupa en torno a las 3.500 páginas. Que los editores españoles sigan manteniendo inédita en castellano la obra ensayística, aforística y periodística de Bufalino es suficiente evidencia de su culpable ignorancia. Yo mismo tengo traducidos algunos de estos textos y alguna vez he intentado ‘colocarlos’, sin éxito.

Bufalino murió el 14 de junio de 1996 por las lesiones sufridas en un accidente de tráfico, en la carretera que une Comiso con la vecina localidad de Vittoria. Ironías del destino, Bufalino tenía miedo al coche y nunca había querido sacarse el carnet de conducir. Cuando se produjo el accidente, conducía su Fiat 127 blanco su amigo Carmelo Barone, a quien había contratado como chófer. La colisión tuvo lugar en el kilómetro 301 de la carretera estatal 115, que corre sinuosa entre invernaderos, chumberas y aserraderos de mármol. Volvía Bufalino de la casa de su esposa, Giovanna Leggio, con la que había contraído matrimonio tardíamente (como lo hacía él todo) a los 71 años, tras casi un cuarto de siglo de singular relación. Varios días a la semana hacía aquel mismo trayecto entre la casa donde él vivía con su anciana madre en Comiso y el pueblo vecino de Vittoria, donde su mujer estaba entonces convaleciente, recuperándose de un ictus. Aquel día granizaba, el suelo estaba resbaladizo y un coche que intentaba un adelantamiento patinó. La colisión fue frontal, aparatosa, de gran violencia. Los bomberos tuvieron que cortar una pieza de la chapa para poder sacar el cuerpo del escritor de entre el amasijo de hierros.

Aunque Gesualdo llegó vivo al hospital y estuvo consciente durante varias horas, finalmente no pudo superar la gravedad de las lesiones. Tenía 75 años. Estaba por entonces escribiendo una novela titulada Shah Mat (L’ultima partita di Capablanca), inspirada en la vida del ajedrecista cubano José Raúl Capablanca, de la que sólo se han conservado dos capítulos. La fatalidad quiso llevarse al escritor en plena efervescencia creadora, robándonos su obra futura. Ya había dicho uno de sus personajes que la vida es una partida de ajedrez que se juega contra un Dios vendado, y el protagonista de su última novela publicada, Tommaso y el fotógrafo ciego, moría proféticamente en un accidente de coche.

En el cementerio de Comiso se encuentra la tumba de Bufalino, donde se puede leer un precioso epitafio en latín, que reza: “Hic situs, luce finita”.

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