Antonio García Maldonado

Cien años de soledad digital

«La continuidad del espacio digital y hogareño se traduce en una continuidad espesa del tiempo, que sólo en los relojes se manifiesta, fría y mecánicamente, sin concurso de nuestra subjetividad»

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Cien años de soledad digital
Foto: Tina Witherspoon| Unsplash
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Del teletrabajo se ha dicho ya casi todo. Se han analizado los pros y los contras, pero siempre con la resignación de quien sabe que, esta vez, no se trata de elegir su implantación, sino de cómo hacerlo: pandemia y movimientos económicos y tecnológicos de fondo obligan. Para unos, teletrabajar es un lujo de empleados cualificados e integrados en las dinámicas de la economía del presente y del futuro. Otros, en cambio, estiman todo lo contrario, y creen que si puedes teletrabajar, eres prescindible o, desde luego, no tan importante. Si fuéramos realmente vitales, dicen, estaríamos entre los pocos a los que nuestros jefes nos piden ir a la oficina, donde realmente se toman las decisiones importantes. Aunque, seguramente, habrá tantos casos como sectores y empresas, y es difícil extraer conclusiones contundentes e inequívocas. El CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, resumió este punto de vista diciendo la semana pasada que «el teletrabajo no puede ser el futuro» ya que «mata la innovación, el trabajo conjunto de los equipos y el compartir experiencias».

Todas esas ventajas e inconvenientes son dignas de tener en cuenta, pero son posteriores a consideraciones más generales, de las que se habla menos, por su carácter más abstracto, y seguramente menos urgente. Son, en cambio, las que mejor revelan los peligros de fondo que el teletrabajo plantea a medio plazo. En primer lugar, teletrabajando el día tiene menos hitos y rutinas que ordenen el tiempo, y sin los que, a modo de Hans Castorp en La montaña mágica, o alguno de los Buendía en Cien años de soledad, no somos capaces de identificar si el tiempo ha pasado rápido o lento, o si ni siquiera ha trascurrido. La continuidad del espacio digital y hogareño se traduce en una continuidad espesa del tiempo, que sólo en los relojes se manifiesta, fría y mecánicamente, sin concurso de nuestra subjetividad, sin la «duración» de la que hablaba Henri Bergson.

Como le ocurría a Aureliano Segundo viendo a sus vecinos durante una lluvia que duró años en Macondo: «Los había visto pasar, sentados en las salas con la mirada absorta y los brazos cruzados, sintiendo transcurrir un tiempo entero, sin desbravar, porque era inútil dividirlo en meses y años, y los días en horas, cuando no podía hacerse nada más que contemplar la lluvia». Bien está, por tanto, que en el acuerdo alcanzado entre el Gobierno y los agentes sociales para regular el teletrabajo se haya insistido en la necesidad de respetar horarios e intentar, dentro de lo posible, salvar determinadas rutinas y hábitos en la organización de nuestras vidas.

El segundo asunto no está tan relacionado con la urgencia de teletrabajar por culpa de la pandemia, sino con la propia lógica de la digitalización y la hiperespecialización del conocimiento. Si lo digital, de por sí, produce sensación de inmaterialidad, el hecho de retirarnos desde la oficina a nuestras casas, redobla la lejanía con el producto de nuestra labor, cuyos contornos se difuminan. El sociólogo Richard Sennet ha insistido mucho en la importancia de la materialidad del trabajo porque, a su juicio, «solo podemos lograr una vida más humana si comprendemos mejor la producción de las cosas», y de ahí los peligros de la distancia que impone la pantalla y de una hiperespecialización que no atiende a la necesaria visión de conjunto. Aureliano Buendía lo comprendió bien, tras años de guerras y ensoñaciones, cuando volvió a su casa, a su taller, y retomó la labor concreta, con principio y fin, con sus pasos y su técnica, de tallar pescaditos de oro, que terminaba y fundía para volver a recrearlos: «Tan absorbente era la atención que le exigía el preciosismo de su artesanía, que en poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra, […] pero la concentración implacable lo premió con la paz del espíritu».

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