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Circunstancia sin pompa

Hay asuntos que parecen hechos por encargo. Si el caso Espinar ha mostrado de un plumazo la hipocresía privada que suele esconderse detrás del inquisidor público, el Brexit cada vez se parece más a un drama por entregas sobre los dilemas de la democracia contemporánea. ¡Pasen y vean! Hasta el momento, su dramatis personae comprendía al gobierno británico, el pueblo homónimo y las instituciones europeas, acompañados en todo momento -a la manera de un coro- por los mercados. Ahora, hacen su aparición la sociedad civil (o la abogada que interpuso el recurso reclamando la intervención de la Cámara de los Comunes en la decisión sobre el Brexit), los tribunales (que en primera instancia han dado la razón a la demandante) y el propio parlamento, repentinamente dotado de un poder acaso decisivo para dar forma a este endiablada decisión popular. Añadamos un espectro tan británico como el padre de Hamlet: una constitución no escrita.

Se plantea ahora, como es patente, un choque de legitimidades. De una parte, la proporcionada por la decisión directa de los ciudadanos británicos, consultados en referéndum y partidarios del Brexit sin que -por la naturaleza misma de la pregunta formulada- su respuesta incluyera detalles sobre la variante de Brexit a negociar con Bruselas. De otra, la legitimidad de un parlamento votado por esos mismos ciudadanos y contrario en su mayor parte a la salida de la Unión Europea. Aún podríamos sumar el conflicto entre la decisión popular y el criterio del juez: “Enemigos del pueblo”, ha titulado ya el Daily Mail. Y es que para un populista, la fantasmal “voluntad general” ha de prevalecer: el pueblo nunca se equivoca. ¡Pero vaya si se equivoca!

No está de más recordar que, aunque su fama no sea comparable a los posteriores episodios francés y norteamericano, la Revolución Gloriosa que tuvo lugar en Inglaterra en 1688 es la primera revolución liberal del mundo. Aquel conflicto condujo a la instauración de una monarquía constitucional que limitó el poder del soberano; en otras palabras, el parlamento ganó poder y lo perdió el rey. A este paso, no nos extrañaría que los parlamentos democráticos acaben por repetir la maniobra: para arrebatar poder a esa fantasmal entidad que es el “pueblo”. Ni que decir tiene que el beneficiarios en este caso sería -aunque no lo sepa- el verdadero antagonista del pueblo: el ciudadano.

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