Manuel Arias Maldonado

Citius, altius, fortius

«Si todos parásemos siempre que nos sintiéramos inclinados a ello, por desgracia, la sociedad en su conjunto tendría difícil seguir adelante»

Opinión

Citius, altius, fortius
Foto: Mike Blake| Reuters
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

La prematura retirada de Simone Biles, gimnasta norteamericana que acudía a los Juegos Olímpicos de Tokio con la intención de hacer historia en su disciplina, ha provocado un debate público que retrata inmejorablemente nuestra época. Mucho se ha escrito ya al respecto; quisiera añadir yo apenas dos o tres consideraciones menores.

En buena medida, la polémica es trivial: nadie está en contra de la salud mental y, sobre todo, nadie puede dejar de manifestarse a favor de la salud mental de los demás. Si una deportista de élite no soporta la insoportable presión a la que se ve sometida, que sin duda será brutal en la exigente práctica de la gimnasia y de hecho condiciona la vida de sus practicantes desde muy pronto, no hay mucho que decir; la deportista en cuestión habrá de retirarse a sus cuarteles de invierno y aguardar el momento de su regreso e incluso anticipar  su retirada. Lo que no está claro es que deba hacerse categoría de la anécdota, máxime cuando habrán de contarse por cientos de miles los que, aspirando a la excelencia deportiva, se queden por el camino debido a las exigencias anímicas y psicológicas de la alta competición. Siempre se puede competir en la segunda división o incluso con los amigos: solo a quien ha decidido convertir la gloria deportiva en un medio de vida se le complica el abandono. En el caso de Biles, por suerte, hay que esperar que sus triunfos pasados le hayan traído no solo admiración y fama sino asimismo independencia económica. Es más de lo que suelen disfrutar quienes se dedican a los deportes minoritarios, que justamente encuentran su redención en los Juegos Olímpicos siempre y cuando ganen una medalla: los diplomas cotizan poco en la bolsa de la atención.

Sin embargo, las redes sociales dan forma a un debate público que se caracteriza justamente por convertir la anécdota en categoría; al menos, durante unas cuantas horas. Ideólogos de toda condición sobrevuelan la realidad como buitres, dispuestos a arrojarse sobre sus despojos para exhibirlos con indisimulada satisfacción: ¡también esto demuestra que tenemos razón! Biles no es así Biles, ni siquiera el drama íntimo de Biles, sino la evidencia de que existe un problema estructural con la salud mental en el capitalismo: nos exigimos demasiado porque nos exigen demasiado; tenemos que parar antes de que acaben con nosotros. Así que lo que vale para Biles, vale para todos: tengamos la valentía de cuidarnos.

Ocurre que ha sido el alto rendimiento de la especie humana lo que ha permitido que llenemos nuestra vida de comodidad material, saliendo de la pobreza sin resolver el problema del significado: porque este problema no tiene solución. Nada de eso habría sido posible sin esfuerzo, sacrificio y especialización; la noción misma de las «disciplinas» deportivas apunta en la dirección de un sacerdocio. Ya lo dice el lema moderno de los Juegos Olímpicos modernos, que al conocido Citius altius fortius añade un Communiter poco resaltado: «Más rápido, más alto, más fuerte — juntos». El esfuerzo individual es parte de un esfuerzo colectivo; tanto los éxitos como los fracasos del individuo forman parte de un sistema de interacciones elevadoras que, debidamente reguladas para evitar la explotación de los desventajados, producen benéficos efectos sociales.

Y si bien nadie está obligado a dedicarse al deporte de élite, todos hemos de ganarnos la vida y todos querríamos hacer una pausa con más frecuencia de la que podemos permitirnos. Si todos parásemos siempre que nos sintiéramos inclinados a ello, por desgracia, la sociedad en su conjunto tendría difícil seguir adelante. Dicho de otra manera, la ineludible virtud de la resistencia anímica es practicada por la mayoría de los miembros activos de nuestra sociedad, sin que nadie cante las gestas oscuras del contable angustiado o la madre soltera. Por lo demás, solo en un sistema social que proscribiese del todo la competición —deportiva, artística, económica— sería posible evitar que algunos individuos persiguiesen alcanzar su máximo rendimiento: las medallas que no ha ganado Biles, al fin y al cabo, las han ganado otras que no han parado por el hecho de que ella haya parado. Ahora bien: Simone Biles se ha ganado su descanso. Ojalá todos podamos decir lo mismo.

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